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31 Jan 2022 - 5:00 a. m.

“Democratizar el capital” en versión no pikettiana

¿La redistribución es la única vía para ampliar la participación en la propiedad, la inversión y las utilidades?

Esta visita del célebre economista Thomas Piketty a Colombia podría apuntalar una cierta “estética de la historia” político-intelectual que favorece a Petro: los 70 años de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Colombia, claramente comprometida con la perspectiva de Piketty, fueron un momento significativo para que este prometiera asesorar a un eventual gobierno de la izquierda.

Si gana Petro, muchos economistas académicos de la Nacional y otras universidades tendrán la oportunidad de “ser gobierno” y buscar poner en práctica propuestas parecidas o iguales a las que ha articulado Piketty con una pretensión intelectual al estilo de Marx: abarcadora de la historia. Un “Marx” vivo al que podrían consultar.

Hay que entender, además, que aquello que es una mancha de Petro ante millones de colombianos, para la tradición subyacente de estos intelectuales es una especie de “santo y seña” de hermandad: el haber estado en la “lucha armada”, es decir, “en la violencia como partera de la historia”, según dijera Marx.

La elección de Petro sería la “reivindicación histórica” (el último chance a la vista) de ese pasado y la posibilidad de demostrar alternativas al capitalismo. No es fácil imaginar “lo personal” que es para una parte de la academia y la intelectualidad este 2022 por su cara de “ahora o nunca”.

Para los que estamos filosóficamente en la orilla liberal (reformista), sin pasado violento, y especialmente si se es egresado de la Nacional, el momento no es “estético”, sino incómodo. Los “marxistas” han tomado el dominio de los temas que parecen interpretar el malestar de las sociedades. La desigualdad y la necesidad de “repensar el modelo”, por ejemplo.

El caudillo dice “democratizar el capital”, se adueña de la consigna (popular), sus competidores no se atreven a entrar al tema y pareciera que el único enfoque posible es el de él. “Democraticemos el fútbol”, y también le regalan la iniciativa. De este modo se ha ido quedando con distintos tópicos del cambio cuando el péndulo y la situación sugieren cambio.

Para acotar el asunto, dos trinos de 2021: “Expropiación es quitar la propiedad a alguien, una democratización es lograr que la propiedad sea de muchos. Se democratiza la propiedad a través de las acciones y la bolsa” y “si la tierra fértil se convierte en un instrumento de producción democratizado, se enriquece el campesinado, aumenta el mercado interno y es posible la industrialización”.

Este año se cumple una década de la ley “Poner en marcha nuestras empresas emergentes” en EE.UU. (JOBS por sus siglas en inglés), un conjunto de “regulaciones que han abierto nuevas fuentes de capital para pequeñas empresas emergentes, democratizado la inversión minorista para las masas y estimulado la invención y experimentación de nuevos mercados” (Stanford Social Innovation Review), y aquí nos embaucan o descrestan con simple enunciados.

Cuenta la experta Angie Kim, que en 2019 “más del 20% de la recaudación de fondos (26 mil millones de dólares) de BlackRock, el gestor de activos más grande del mundo, vino de inversores minoristas, un mercado que no existía cinco años atrás”. Esto avanza sin “redistribución” a priori y con mucho trabajo de instituciones intermedias.

Nuestra Misión de Mercado de Capitales más reciente (2019) buscó diseñar “un mercado amplio, profundo y diverso para el beneficio de toda la sociedad”, adecuado para la idiosincrasia colombiana, “sin imitar los mejores mercados del mundo” (Diego Jara), pero no ha habido espacio en el debate público para esa Misión.

Sin embargo, es claro que con el nivel de informalidad empresarial y laboral actual sería muy difícil la democratización del acceso al mercado de capitales, aun con microfinanciación colectiva como en EE. UU., y la creación de millones de accionistas propietarios. Necesitamos vencer la “idiosincrasia” estatal (ideológica) que nos lleva a la informalidad.

Lo de la “democratización de la tierra fértil” muestra rápidamente los límites de la redistribución: para “comprar a la brava” se requiere dinero de los contribuyentes y luego sería un desastre repartir la tierra porque el factor de producción fundamental no es ese. Entonces la imaginación los lleva a los impuestos, asfixiando la actividad económica.

Ciertamente, hay que actuar sobre la torta de riqueza existente, pero con el fin principal de hacerla crecer de modo más equitativo, no con el fin de “justicia social” o un ideal socialista (Piketty), que es una vía muy riesgosa, sobre todo si no se corrigen factores políticos, institucionales y culturales que explican nuestro medio-bajo nivel de desarrollo.

@DanielMeraV

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