Hablando con un investigador de Uniandes sobre la promesa del mineducación de contar con las universidades privadas para la meta de 500.000 cupos nuevos en educación superior, exclamó: “Que diga ¡¡¡cómo!!!” Denotaba así incredulidad porque al jefe del ministro la idea le va a oler a “neoliberalismo”, aunque “sin eso no hay forma de completar los 500.000 cupos nuevos”, concluía.
Luego las noticias trajeron un cable de Colprensa: “el ministro se refirió a la reforma del Icetex y puso en discusión la idea de que la nación subsidie las tasas de interés de los créditos de educación”, algo que ya se hace en buena medida. De modo que parece que la forma de contar con las universidades privadas en la ampliación de cobertura será el crédito para matrícula. En esencia, lo mismo que antes.
Esto quiero decir que en una misma cohorte de bachilleres de igual condición socioeconómica, los afortunados que logran entrar a las universidades públicas no pagan matrícula (algo que prácticamente ya ocurría antes de “matrícula cero”), y los que no, porque en la secundaria no adquirieron suficientes competencias académicas, tendrán que ir al Icetex a pedir algún tipo de crédito.
Si toda la oferta fuera estatal, no existiría esa inequidad, pero la realidad es otra, y además no permite que el Estado pague sin reembolso la matrícula en las instituciones privadas. Adicionalmente, la mayoría de los que reciben gratuidad tendrán rendimientos privados apreciables en su vida laboral, mientras muchos de los que reciben crédito no cuentan con esa certeza, según estudios y datos.
El dilema ético para un tomador de decisiones de política surge de comprender esa inequidad y otras dos asociadas: i) la que se da entre los que acceden a la educación terciaria y aquellos de la misma edad que no logran terminar la secundaria y no consiguen trabajo, vale decir, otra inequidad intrageneracional, y ii) la que existe entre los universitarios en instituciones estatales y los niños de cero a cinco años que no reciben ninguna atención para su desarrollo integral crucial (inequidad intergeneracional), lo que los pone en enorme desventaja frente a los afortunados.
Es fácil saber que lo correcto es no perpetuar estas inequidades y que lo políticamente posible es perpetuarlas. Un dilema ético entre lo correcto y lo posible. Pero se podría comenzar por crear conciencia del problema e ir preparando la solución, que por varias razones (ideológicas y culturales) la izquierda no está lista para diseñar e implementar. Probablemente el centro sí, juntando las dos alas, centroizquierda y centroderecha.
La solución implica: i) privilegiar presupuestalmente la educación inicial sobre la educación superior; ii) en lugar de créditos “hipotecarios”, como los actuales del Icetex, contingentes al ingreso (o de “riesgo compartido” entre sociedad, universidad y estudiante); y iii) tratar igual a los que reciben financiación pública de su educación superior, sea vía oferta o vía demanda, es decir, los egresados de universidades estatales harían contribución solidaría contingente, 10% o 12% de sus ingresos por un determinado número de años, cuidando en todo caso el aspecto redistributivo de la educación.
Esto sería un cambio en la sociedad, con múltiples y fértiles ramificaciones posibles, y el fondeo no tendría que ser exclusivamente público.
@DanielMeraV