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“Sacar a Marx de la educación y meter a Dios” se refiere a dos asuntos distintos.
Una cierta elegancia de los colombianos para volvernos más civilizados puede verse en cómo pasamos de un Estado confesional a un Estado laico sin traumatismos.
La Constitución de 1886 comenzaba con “En nombre de Dios, fuente suprema de toda autoridad”. La de 1991 inicia con “El pueblo de Colombia, en ejercicio de su poder soberano (…), invocando la protección de Dios”. Todo un cambio cultural de la nación expresado en palabras bien escogidas.
Decía la Carta de 1886: “La Religión Católica, Apostólica, Romana, es la de la Nación; los poderes públicos la protegerán y harán que sea respetada como esencial elemento del orden social” (art. 38) y “la educación pública será organizada y dirigida en concordancia con la Religión Católica” (art. 41).
La de 1991 dice: “Se garantiza la libertad de cultos (…) Todas las confesiones religiosas e iglesias son igualmente libres ante la ley” (art. 19) y “en los establecimientos del Estado ninguna persona podrá ser obligada a recibir educación religiosa” (art. 68). Un mismo pueblo católico vio cambiar el lugar de la religión en la sociedad.
El proceso de secularización (la pérdida de influencia de la religión sobre la cultura, la vida pública, las leyes, la cotidianidad), sin embargo, no hizo menos creyentes a los colombianos. La Carta de 1991 trajo la neutralidad religiosa del Estado en la educación, pero no podía llevar a una suerte de Estado “irreligioso”.
Lo afirma claramente la Ley 133 de 1994 –estatutaria-, que desarrolla el derecho de libertad religiosa y de cultos: “Ninguna Iglesia o confesión religiosa es ni será oficial o estatal. Sin embargo, el Estado no es ateo, agnóstico, o indiferente ante los sentimientos religiosos de los colombianos” (art. 2).
Por eso la Ley General de Educación (115 de 1994) incluye la educación religiosa como área obligatoria y fundamental del currículo (arts. 23 y 31), y el Decreto 4500 de 2006, que regula la educación religiosa desde preescolar hasta la media, la “fundamenta en una concepción integral de la persona sin desconocer su dimensión trascendente y considerando tanto los aspectos académicos como los formativos” (art. 3).
Tanta importancia tiene la educación religiosa que su “evaluación hace parte de los informes de desempeño de los estudiantes” (art. 4). Con este marco normativo, que enfatiza que “ningún docente estatal podrá usar su cátedra, de manera sistemática u ocasional, para hacer proselitismo religioso o para impartir una educación religiosa en beneficio de un credo específico” (art. 6), las instituciones educativas cultivan a Dios en el ser de los colombianos.
Dios está en los colegios (ni más faltaba que no), pero naturalmente podríamos revisar los contenidos generales de lo trascendente, lo académico y lo formativo de la educación religiosa, manteniendo las libertades consagradas, con la tranquilidad de saber que el país no tiene un problema religioso y que somos abrumadoramente cristianos católicos.
El asunto de “sacar a Marx” es distinto (un problema ideológico). En la batalla cultural para enfrentar la hegemonía de las respuestas que da el marxismo a cuestiones de la vida en sociedad, la alternativa no es “Dios”, la religión, sino el pensamiento filosófico liberal o, si se quiere, liberal-conservador, la Ilustración, con un sustrato de patriotismo como “religión civil”, digamos.
En la educación tenemos un problema de falta de pluralismo intelectual, y claro, hay que convivir con las corrientes de pensamiento marxista y afines, pero ojalá bajo otras condiciones.
