Nos informa el Ministerio de Educación que “la enseñanza de la historia de Colombia incluirá las voces y vivencias de los territorios”. Y cita a un líder del proceso: la idea es “enseñar la historia, no desde la estructura académica, sino desde las voces de los territorios”.
¿Cómo sería enseñar la guerra de independencia contra la Corona española “desde las voces de los territorios”?, por ejemplo. No se basarían en investigaciones de historiadores profesionales, sino en lo que algunos líderes locales crean que pasó.
No van a enseñar una narrativa de nación. En palabras del viceministro encargado Mauricio Kartz, buscan: “la comprensión crítica del pasado para no repetirlo y así promover la formación de una memoria histórica que contribuya a la reconciliación y a la paz total”. Sí, “a la paz total”.
Ya sabemos que la “comprensión crítica” es, en realidad, una comprensión negativa del pasado (visto como historia de opresores y oprimidos), que impide el orgullo nacional, y la “memoria histórica para la reconciliación” viene con una peculiar versión de la historia contemporánea.
Es una tarea, “la actualización de los lineamientos curriculares de Ciencias Sociales, integrando la enseñanza de la Historia de Colombia”, que están haciendo con la Comisión Asesora para la Enseñanza de la Historia de Colombia, la Comisión de la Verdad y la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP).
De ahí solamente cabe esperar adoctrinamiento para “construir y deconstruir prácticas culturales que permitan repensarnos los territorios y situarnos en ellos”, en sus propios términos. Un espacio curricular para la palabrería condimentada con ideología que debilita la colombianidad al privilegiar identidades secundarias.
En el ministerio saben la connotación política de lo que están intentando, pero tal vez ignoran que la paz política requiere un acuerdo para sacar a la educación de la instrumentalización (adoctrinamiento de los estudiantes, en primer lugar) que le da ventajas notables a un lado del espectro político-ideológico.
Como decía hace seis años, podemos tener todas las batallas intelectuales sobre la narrativa de la nación y en eso hay que involucrar a los jóvenes en la universidad, pero en la primaria y la secundaria necesitamos sembrar aquello que desata las energías de un país y el sentido en cada ciudadano de ser parte de un todo, por encima o a pesar de todo. Y no hay sino dos formas: patriotismo y civismo.
Necesitamos que los niños valoren y se sientan orgullosos de la revolución que nos llevó a ser una república con igualdad ante la ley. Y esto debe estar explicado en los libros de texto que reciban todos los estudiantes.
En los estudiantes de 16 años necesitamos un patriotismo lúcido e informado (distinto de nacionalismo), no “científicos sociales” que denigran de una historia que realmente no conocen.
La Historia como asignatura independiente (la Ley 1874 de 2017 no lo ordenó) es una necesidad para establecer una narrativa histórica unificadora, que produzca orgullo, un contenido indispensable de la nacionalidad (y de la cultura para el desarrollo económico).