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La necesidad de un mandato claro

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Daniel Mera Villamizar
23 de marzo de 2026 - 05:00 a. m.
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A diferencia de 1974, no importa solo la mayoría electoral, sino evitar un mandato débil, confuso o negativo.

Cuando el liberal Alfonso López Michelsen, El Pollo, pidió en 1974 un “mandato claro” se refería a la estrecha ventaja de Misael Pastrana Borrero sobre el exdictador Gustavo Rojas Pinilla en 1970 (1’625.025 votos versus 1’561.468). Efectivamente, El Pollo obtuvo una victoria clara con el 56,3 % de los votos, frente al 31,4 % de Álvaro Gómez Hurtado (del Partido Conservador) y al 9,4 % de María Eugenia Rojas (de la Alianza Nacional Popular, ANAPO). Desde entonces se usa de vez en cuando la expresión “mandato claro” y siempre se menciona a López Michelsen.

En 2026 es necesario un mandato claro por dos razones: i) el riesgo sembrado de desconocimiento de los resultados por el oficialismo, sobre todo si la diferencia a favor del giro es estrecha; y ii) la ausencia de mayorías en Senado y Cámara, dada la mercantilización de partidos y congresistas, un problema que no existía en 1974.

Y es necesario el mandato claro en dos sentidos: i) electoral, y ii) ideológico-programático. Dicho gráficamente: si Rodolfo Hernández hubiera ganado en 2022 con la ventaja que alcanzó Gustavo Petro, 687.649 votos, el problema no habría sido una impugnación electoral o de legitimidad, sino saber la agenda que había apoyado el electorado al elegir presidente.

Probablemente en 2026 tengamos una diferencia como la que hubo en 1978: Julio César Turbay Ayala, 49,5 % de los votos, vs Belisario Betancur Cuartas, 46,7 %, pero afortunadamente la Registraduría salió fortalecida de las elecciones de Congreso.

Sin embargo, como el país se ha acercado demasiado a un punto de quiebre que lo puede atrapar por décadas, esta vez es todavía más importante el sentido ideológico-programático, la agenda para la cual se recaba entendimiento y apoyo durante la campaña presidencial. Solo que en las circunstancias de 2026 ha aumentado la tensión entre lo electoral y lo ideológico-programático, y en hallar el equilibrio ganador y gobernable hay un desafío fundamental.

La forma de construir la mayoría puede inhibir su propia efectividad. Por ejemplo: i) si se declara un compromiso con el desarrollo de la infraestructura y al tiempo se contemporiza con la no modificación de la consulta previa, o ii) si se prometen castigos o expulsiones que no se pueden aplicar y no se aboga por medidas que controlarían los abusos que se quiere castigar (riesgo de “mandato negativo”).

El discurso de hoy prefigura el alcance del gobierno (y de la oposición). Para los aliados y votantes el discurso del candidato es como un “contrato anticipado”, una señalización de intereses priorizados, una autorización de expectativas, que luego definen el cumplimiento o la traición. Se puede ganar diciendo cosas que luego impiden gobernar o hacer lo necesario, para decirlo gráficamente.

“Bueno, en esta situación más que nunca se trata de ganar y luego ya veremos”, se piensa con bastante razón. Pero alguien tiene que llamar la atención sobre la importancia de evitar un mandato débil, confuso o negativo que nos devuelva en 2030 al populismo.

Repetir el ciclo Duque-Petro de aquí al 2034 nos haría perder la ventana de tiempo para ser un país desarrollado antes que demográficamente viejo.

@DanielMeraV

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