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16 May 2022 - 5:00 a. m.

La sociedad en el aula y el aburrimiento de los estudiantes

No solamente es un problema de pedagogía y didáctica; es la falta de ilusiones en la vida con la que llegan al salón.

Las observaciones cualitativas dicen que un porcentaje muy alto de niños y adolescentes no vive con alegría la experiencia en el aula de clase. Y que tampoco aprende mucho, cosa que verificamos de distintas formas. Hoy sabemos que lo uno está relacionado con lo otro: estudiantes aburridos aprenden poco.

Si el niño o adolescente no conecta con un interés propio lo que se le quiere enseñar, el aprendizaje será efímero o nulo. Lo que supone que el estudiante tiene intereses y el docente los identifica para enganchar de allí el proceso de “enseñanza-aprendizaje”.

No pocos estudiantes, sin embargo, carecen de intereses o motivaciones claras debido a la precariedad del entorno cultural y social del que proceden. De modo que el docente (la institución educativa) tendría la ardua misión de suscitar intereses en los niños y adolescentes con más privación sociocultural.

El docente en el sector oficial tiene al frente un número grande de estudiantes, de 30 a 40 (con frecuencia, también en los colegios privados) y difícilmente logrará captar los intereses de los niños y adolescentes que han tenido la fortuna de recibir en el hogar los suficientes estímulos que los preparan para el aula de clase.

Sin olvidar que el “abuso de pantallas” (redes sociales, televisión, streaming, vídeojuegos) y de la mala música más bien retrasan el desarrollo cognitivo e instalan en niños y adolescentes unos no-intereses que los desconectan del mundo del conocimiento, las competencias y la formación moral en sociedad que se espera en las instituciones educativas.

El docente recibe grupos de estudiantes a los que conoce muy poco y para los cuales tiene un tiempo de atención escaso y la función de intentar enseñarles una cantidad de contenidos impresionante, sin importar si el alumno tendrá una forma de retener en su universo personal aquello que se le transmite.

Por formación pedagógica, la mayoría de nuestros docentes “transmiten”, enseñan del modo tradicional, y están lejos de “co-construir”, “guiar en el descubrimiento”, “compartir pasión”, “valerse de la lúdica”, “motivar”, “desafiar de modo entretenido” (metodologías activas) en el aula y fuera de ella, porque son muchos estudiantes y porque su equipaje didáctico no ha evolucionado tanto.

Así, la probabilidad de que los estudiantes se aburran en clase es alta, en parte también porque la sociedad está mandando a muchos al colegio sin ilusiones, y la institución educativa puede contrarrestar eso, pero no del todo, especialmente cuando la propia institución educativa es un reflejo del no-futuro o del poco futuro promisorio de los estudiantes.

Es muy difícil que la sociedad convenza a las nuevas generaciones de que les ofrecerá muchas más oportunidades en la vida, sin iniciar un proceso de transformación de la educación, y, a su vez, es muy difícil iniciar un proceso de transformación de la educación si en el nivel general de la sociedad, la economía y la cultura no se pone en marcha un proceso de cambio que exija una reforma educativa.

La cuestión es con qué sentido u orientación, y ahí es donde surgen las diferencias de soluciones, no tanto en el planteamiento del problema o del reto estructural.

@DanielMeraV

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