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Bajo el actual sistema político, muy poca, pero podría ser laboratorio de coalición de largo plazo.
El país no podrá alcanzar niveles altos de desarrollo económico y equidad social con el actual sistema educativo. Tenemos un acuerdo intuitivo sobre esto, pero no el propósito de cambiar la educación. Los propósitos de un país se forman y tramitan en la arena política. Esa es su función.
En Colombia, las imperfecciones de nuestro diseño democrático no permiten que la política esté a la altura de las necesidades de la sociedad. El multipartidismo desestructurado, por ejemplo, no ayuda a la estabilidad de las políticas.
Decir que una reforma educativa necesita ocho años de persistencia y coherencia es casi un chiste. Se supone que las unidades del sistema político son los partidos, pero estos no pueden responder por los gobiernos que eligen. Los cargos de presidente de la República y ministros se ejercen como intuitu personæ, no como agentes de un proyecto o programa.
El “carácter personalista” de nuestro sistema político se afinca en la lista de voto preferente y su financiación individual, que hace que la unidad del sistema no sea el partido, sino el político que se logra elegir. Esto impide el desarrollo institucional de los partidos, y así estos no pueden garantizar ninguna continuidad de programas y políticas.
Esa es una de dos razones por las que no tenemos reformismo, cuya mejor versión es el mejoramiento continuo de las instituciones en una dirección. Otra razón es que la política se ha venido vaciando de pensamiento, al tiempo que asume que su principal ciencia y arte es ganar elecciones.
Para elaborar una reforma educativa se necesita un marco más amplio de cambio en el Estado, la economía, la sociedad, pero nuestros políticos agotan sus reflexiones en cuál propuesta (puntual, efectista) puede conseguir más electores o simpatizantes, frecuentemente basada en simple ideología o cálculo político.
Si los partidos tuvieran tanques de pensamiento y programáticos (algo que la Ley 1475 de 2011 desestimula), podría ser al revés: primero harían programas y de ahí sacarían las propuestas vendedoras (y responsables). Pero estamos asistiendo a un giro de la política como el oficio de prometer gasto público, que crea un ambiente adverso al reformismo responsable fiscalmente.
La combinación de multipartidismo desestructurado, reglas personalistas, vaciamiento intelectual, competencia en populismo y polarización política es muy mala para que nuestra democracia produzca las decisiones que el país necesita. Más pronto que tarde habrá que parar esta espiral.
En un régimen presidencialista, pocas cosas se logran sin el presidente. En las condiciones de hoy, Iván Duque no puede asegurar que lo sucederá un gobernante afín, pero sí podría dejar una coalición afín, que pare la espiral en la que se viene degradando la política.
Un mecanismo sencillo como una reunión semanal de la cabeza del Ministerio del Interior con los voceros de los partidos de la coalición de gobierno para coordinar la agenda legislativa sería un primer paso.
La reforma política es condición de posibilidad de otras, pero una coalición ideológico-programática en ciernes puede avanzar en oír y elaborar sobre una reforma educativa para 2022. Parte del problema también es la improvisación voluntaria.
