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Pasar de forma vacía a darle sustancia para recordar glorias y olvidar heridas en un patriotismo cívico.
Tengo una pequeña evidencia de un gran problema de memoria compartida en Colombia. En colegios de municipios alejados de Bogotá, de varios departamentos, suelo entrar a salones de grado octavo (alumnos de alrededor de 13 años) para hacer una dinámica con un test oral y un premio de 3.000 pesos.
Pasan al frente los mejores cinco estudiantes del curso y les pregunto (histriónicamente para que se diviertan y no se “bloqueen”) qué se conmemora el 20 de julio o el 7 de agosto, por autores de clásicos de nuestra literatura, a veces por el homenajeado con el nombre del colegio y por ciudades con o sin mar. Rara vez hay acierto del 50 %.
En términos de Ernest Renan en su insuperable conferencia, "¿Qué es una nación?" (la Sorbona, 1882), estamos mal en cuanto a “la posesión en común de un rico legado de recuerdos”. Sin “glorias comunes en el pasado” (el “orgullo nacional”, según Richard Rorty), que cimientan “una voluntad común en el presente” (de “autorrealización” mediante un proyecto de país). El tipo de patriotismo que necesitamos, no supeditado a diferencias culturales y étnico-raciales.
Además de la falla curricular y pedagógica con historia (y geografía), vivimos el declive de la familia transmisora de memoria oral y de la prensa orientadora de la conversación social, y en cambio tenemos la erosión de la atención sostenida y la socialización presencial de los adolescentes por el uso intensivo del teléfono inteligente (abuso de pantallas). Nos queda la educación para tratar de mitigar esas tendencias desfavorables y no convertirnos en una nación que sabe demasiado poco de sí misma.
En realidad, debemos controvertir la relativamente reciente inclinación militante a sembrar narrativas al contrario de lo que observaba Renan: la de recordar las heridas (fomentando resentimiento) e ignorar las glorias conjuntas del pasado. “La esencia de una nación consiste en que todos los individuos tengan muchas cosas en común, y también en que todos hayan olvidado muchas cosas”, dijo en 1882.
Y aquí entran los nombres de los colegios, que con alta frecuencia representan cosas que en su momento no queríamos olvidar, pero que estamos olvidando. No hay un colegio que se llame “La noche septembrina”, pero hay varios “Manuelita Sáenz”. Estos “lugares” deliberados de memoria (Pierre Nora) deben ser conscientemente mantenidos en su función, lo que no estamos haciendo.
Tenemos cerca de 10.000 establecimientos educativos oficiales en Colombia (y más de cuatro veces sedes), es decir, miles de decisiones de preservar pedazos de memoria compartida que haríamos bien en cumplir. La solución es sencilla y económica: institucionalizar por decreto presidencial un “Día del colegio” al año en el que se celebre y mantenga la memoria (en torno a época, biografía, valores, conocimiento e incluso destrezas) del personaje cuyo nombre lleva la institución (sea el día del natalicio o muerte, o de gesta), de un modo similar al día del patrono de las escuelas en Polonia.
El sentido de pertenencia, la lealtad y la memoria compartida no son “enemigos” de la autonomía individual liberal (como sí lo es el tribalismo), sino una condición social de posibilidad: un individuo elige mejor cuando tiene un contexto cultural denso del cual partir, como lo mostró Yael Tamir bajo la dirección de Isaiah Berlin.
Como sabe cualquier forastero que haya entrado a un salón de clases en un pueblo a tratar de ganarse la atención de jovencitos en riesgo de no tener pasado ni futuro.
