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Patriotismo, parroquialismo, cosmopolitismo

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Daniel Mera Villamizar
07 de agosto de 2012 - 10:38 p. m.
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Hasta el año pasado, Mauricio García Villegas, columnista de este diario, confundía “patriotismo” y “nacionalismo”.

En “Ateísmo de patria” (21/07/2012), parece que ya no. Allí anota que “el patriotismo es el parroquialismo del siglo XX” y postula que Colombia “podría tener un mejor futuro si fuera un tris más cosmopolita”, con lo cual lleva sus confesiones personales a un plano de interés público.

García, sin embargo, sigue usando una definición errónea de patriotismo, la de Bernard Shaw. “El patriotismo es la convicción de que su país es superior a los demás por el hecho de que usted nació en él”. ¿Sí? Pues en este país hay un extendido “amor a la patria” sin un correspondiente sentido de superioridad sobre otras naciones. Por ejemplo, el orgullo por las medallas de plata celebra que tal vez logremos la modesta meta de “4 a 5 preseas” en Londres.

Denigrar del patriotismo cuando en realidad se habla del nacionalismo no tiene gracia. O al menos hay que enfrentarse con las palabras de Vargas Llosa en Estocolmo: “No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del ‘otro’, que convierte en valor supremo (…) la circunstancia fortuita del lugar de nacimiento, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños”. O con el patriotismo republicano de Maurizio Viroli o con el patriotismo constitucional de Habermas (o con Rorty).

Ahora, patriotismo y cosmopolitismo no son incompatibles, ni aun creyendo en la sustitución del “amor a la patria” por el “amor a la humanidad” como horizonte evolutivo de la especie, en cuyo caso hablar de “parroquialismo del siglo XX” es extraño. Las patrias y naciones son bastante recientes en la historia de la humanidad y seguirán por siglos. En otro juicio anacrónico inadvertido, al profesor García le parece que la división del planeta por países es “caprichosa y malsana”, aunque algo le alerta que “tal vez no lo era en los siglos pasados”. Naciones Unidas debe ser, entonces, otra organización “caprichosa”.

Dice García que “si viviéramos en un sistema solar (…) con marcianos, venusinos y jupiterinos, nuestros actuales egoísmos patrióticos serían tan insignificantes”. Si los venusinos atacaran este planeta, la OTAN y los miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU tomarían las decisiones, pero no se llega lejos en esa discusión. Más fructífera sería esta: ¿es necesario el patriotismo y qué contenido le damos? Necesario para conseguir los sueños de un país. El primer contenido, creo, debería ser un “relato colombiano” que una pasado y futuro.

Y aquí salta la “discusión de fondo”. Los relatos nacionales no se hacen sin intelectuales, que los hay “iconoclastas de la nación” y “orgánicos de la nación”. Ambos tipos son indispensables en la modernidad. Los “orgánicos” tienen un compromiso mayor con el proyecto de país y a menudo conocen más el pasado. Los “iconoclastas” impiden la autocomplacencia y con frecuencia impulsan más el cambio, pero no hay que encargarles el relato nacional. Así podríamos tener un mejor futuro.

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