Entre estatismo y redistribución con cooptación de la clase política corrupta y discurso anticorrupción sin programa económico y social.
La metáfora de “tocar fondo” se ha vuelto poco útil para describir la degradación de la política colombiana. Nos hemos estado hundiendo con el proceso 8.000, con la parapolítica, con la corrupción político-electoral, y nada que “tocamos fondo” para movernos hacia arriba.
Todavía no notamos suficiente los enormes costos de esta calidad de política que hemos llegado a tener: escasa de ética (ni de las convicciones ni de la responsabilidad, para citar a Max Weber), pobre de contenido (pocas ideas y programas concomitantes elaborados), ineficaz (no logra las decisiones que la sociedad necesita para progresar), de índole venal y dada a la incivilidad.
Así que los “petrovideos” no han hecho más que recordarnos que “estamos tocando fondo”. La estética de la política ya no mantiene unas ciertas formas, se ha vuelto muy desagradable, fea, pero el problema mayor es que encuentra aceptación en una mayoría nacional.
Diríase que la degradación de la política es consecuencia del diseño de algunas de nuestras instituciones políticas. Del multipartidismo exuberante y desordenado, de las reglas de financiación de las campañas, de los partidos que no lo son por la lista preferente, que inducen un cambio de la esencia de la política: ya no el servicio público, sino el negocio con ánimo de lucro.
Las dos cosas se retroalimentan, la cultura y las instituciones. El diseño institucional propicia la aparición de unos agentes negativos (producto o representantes de ciertas pautas culturales), y estos se aseguran de perpetuar las reglas que los explican o los favorecen. El senador capturado Mario Castaño es solo un ejemplo reciente.
Muchos congresistas realmente no pueden concebir la política de un modo distinto al que practican e impiden la reforma política que necesitamos. No hemos podido encontrar la forma de lograrlo y no pinta promisorio el próximo periodo. Una vez se engendra un monstruo, este no se mata a sí mismo.
Claramente, la apuesta de Gustavo Petro es estatismo y redistribución, cooptando a buena parte de la clase política para pasar sus iniciativas en el Congreso, misión para la que tiene a Roy Barreras, a Armando Benedetti y a Alfonso Prada. No es que estos tres se hayan convertido a las ideas de Petro. Simplemente están haciendo política como la entienden.
Rodolfo Hernández tiene un discurso del que podría derivar una reforma política contra la corrupción, pero no cuenta con bancada ni con un programa para cooptar o convencer congresistas. Tampoco con un equipo dirigente.
Como anoté en “Sin escuelas de ministros y con exceso de precandidatos presidenciales” (2 de agosto de 2020), “la calidad de los gobiernos (independientemente de su orientación) y la institucionalización de los partidos van de la mano”. Es de temer, entonces, la calidad del próximo gobierno, cualquiera sea.
Sin embargo, no pienso votar en blanco.