El mangoneo del orden público por los grupos criminales, las crisis sectoriales, el bajo crecimiento, el riesgo petrolero, la situación fiscal, el deterioro de muchas instituciones y el desgobierno general que dejará el presidente Petro hacen imperativo que el próximo gobierno sepa bien qué hacer desde el día uno, el 7 de agosto de 2026.
Si vamos a repetir la historia de un montón de precandidatos y candidatos tratando de armar programas de gobierno, un presidente electo que improvisa ministros, ministros que improvisan políticas, estrategias y equipos, y un plan de desarrollo que es más un popurrí banal que un plan, estaremos fritos: no se podrá corregir el rumbo tan rápido como es necesario.
La cuestión es desde cuál punto de vista se va a corregir el rumbo del país. No es tan sencillo como decir que, dado que el desastre lo produjo la izquierda, la corrección será de la derecha. Lo que conocemos por derecha en Colombia no tiene las respuestas adecuadas, sector por sector y por cada problemática, que se necesitan.
Ir desde la derecha hasta la centroizquierda sería la única manera de recoger el conocimiento y la experiencia indispensables para un diseño sólido, relativamente veloz y sofisticado de políticas y programas coherentes con principios y valores de la democracia liberal y la economía de mercado.
Una parte importante de la tecnocracia colombiana es de centroizquierda, y sin su concurso sería mucho más difícil elaborar el paquete de medidas pos-Petro. Antes de la experiencia populista que estamos viviendo, la convivencia intelectual entre centroizquierda y centroderecha era ardua. Ahora tal vez la centroizquierda haya aprendido de su alianza con el populismo.
Pero las tecnocracias no se van a convocar a sí mismas para preparar el próximo gobierno. Se requiere un acuerdo político de los partidos y líderes de la derecha a la centroizquierda para darles un mandato a unos tanques de pensamiento que trabajen coordinadamente en 2025 con técnicos y expertos en la preparación de proyectos de ley, decretos, resoluciones, políticas, programas y estrategias para poner en marcha desde el 7 de agosto de 2026, según las preferencias del presidente.
Ninguno de los precandidatos en 2025 podría aspirar a que un gran conjunto de tecnócratas trabaje solamente para su programa de gobierno. Al posibilitar la confluencia en cabeza de tanques de pensamiento, todos los candidatos interesados ganarían, pues tendrían a un gran conjunto de técnicos y expertos trabajando eventualmente para la preparación de su gobierno.
Una operación de cooperación de este alcance no se ha hecho en Colombia, probablemente porque nunca antes había sido tan necesaria, aunque no sabemos si el extendido instinto de “mejor cabeza de ratón que cola de león” no cederá ante la urgencia manifiesta de sobrevivencia, de enderezar el rumbo del país.