Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Salarios mínimos diferenciados y cotización en salud progresiva para mostrar otra visión.
La dura batalla política en curso por la reforma laboral indica que esta toca un asunto muy sensible de nuestro contrato social. La relación entre el capital y el trabajo, ni más ni menos. Que el Senado haya tenido que revivir el proyecto de ley para poder negar la consulta popular muestra que el gobierno encontró una bandera para legitimar su visión de la sociedad y de la economía que la oposición no ha sabido contestar.
Con 30 % estable de favorabilidad y la iniciativa política, hay que tomarse en serio el desafío populista. Mi punto es que necesitamos otra visión del cambio social, que incluya una nueva versión del capitalismo colombiano.
La reforma laboral de Petro asume un conflicto de suma cero entre capital y trabajo: lo que no gana el trabajador, se lo queda el empresario. La noción de costos no existe. Y se imagina que todos los empresarios son capitalistas codiciosos, cuando en realidad la mayoría son empresarios con poco capital, que están preocupados por pagar la nómina y ser competitivos.
En el pensamiento binario de la izquierda radical no cabe la pluralidad de clases de trabajadores y de empresarios de la economía formal (creen que son dos antagónicas) y, obviamente, tampoco cabe el universo más grande de la informalidad empresarial y laboral. Es una reforma pensada para un tipo de empresas y para obtener beneficios hacia un sector asalariado, que afectará negativamente al resto. Es lo que pasa cuando un gobierno no gestiona el sistema, sino los intereses de una de las partes, y en encima con un espíritu anti-sistema.
El Senado (la Comisión Cuarta y la Plenaria) está abocado a aprobar una reforma laboral a partir de la propuesta del gobierno. Probablemente no bastará sacar una “mini-reforma” como la presentada por el Partido Liberal: aumentar la jornada nocturna desde las seis de la tarde o siete de la noche e incrementar la remuneración de dominicales y festivos (de 75 % al 100 %). Entonces la discusión será muy difícil y ayudaría exponer otro enfoque e ideas distintas para disputar la opinión de los colombianos.
Por ejemplo, millones de trabajadores informales entenderían, si se explica bien, que una combinación de salarios mínimos diferenciados por regiones y sectores, como en México, China, Indonesia, Sudáfrica, India, y una tasa de cotización en salud progresiva, desde 0 % a 9 % (Fedesarrollo), los podría pasar de una precariedad de protección a los beneficios de la formalidad.
La formalización laboral, la reducción del empleo estructural (en departamentos de baja productividad), la inversión de empresas en regiones con menores costos laborales (mejorando la distribución del desarrollo), y la adecuación al costo de vida (distinto Bogotá que Caquetá) son ventajas de los salarios mínimos diferenciados más reales que la igualdad retórica de un salario mínimo único que claramente no puede servir a la heterogeneidad económica, empresarial y social del país.
Por supuesto, el populismo anti-capitalista no acude a un recurso en la relación capital-trabajo que atenúa la presión salarial y podría volver pro-capitalistas a los trabajadores, una idea de 1948 de un expresidente conservador y que está marginalmente en el Código Sustantivo del Trabajo.
Continuará con “Es el modelo de capitalismo colombiano, señores (II)”.
