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Ablandar la cocaína

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Daniel Pacheco
18 de noviembre de 2008 - 12:19 a. m.
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EL PRESIDENTE ELECTO DE E.U. fue consumidor de cocaína. Obama relató sus experiencias con drogas en su juventud, cuando luchaba por construir su identidad. En el libro Cuentos de mi padre sostiene que “La bareta ayudó, y el trago; tal vez un pase cuando lo podía costear. Nada de heroína, eso sí”.

En Colombia la confesión de Obama da para preguntarse sobre la magnitud real de los efectos de la cocaína. La historia de Obama, un tipo que a pesar de experimentar con drogas “duras” logró triunfar en la vida, hace que uno se pregunte ¿si no es tan terrible, entonces por qué ese polvito es perseguido con tanta saña, y con un costo enorme para Colombia?

La legislación holandesa sirve para encontrar respuestas. Holanda es el país que lidera la visión pragmática en política pública sobre drogas. Uno de los aspectos novedosos que introdujo su Parlamento en 1976, fue hacer una clasificación de los riesgos asociados al consumo de cada droga para tomar medidas específicas según los efectos de cada una. Así nació la discriminación entre drogas “suaves” y “duras”, que legalizó la venta y el consumo de las primeras, y mantuvo la prohibición total de las segundas.

Para nuestra desgracia nacional los holandeses clasificaron la cocaína como una droga “dura”. Para ellos, las consecuencias negativas del consumo de cocaína en su población eran mayores a las consecuencias negativas de la prohibición. Por supuesto, Holanda no tiene que lidiar con las consecuencias de ser un país productor de drogas. Este pequeño detalle tiene consecuencias enormes en cualquier debate pragmático sobre el narcotráfico en Colombia, que es el primer productor de cocaína del mundo. Si mañana E.U., por alguna razón producto de lo sobrenatural, decidiera adoptar la legislación holandesa sobre drogas, nada cambiaría en lo fundamental para nosotros.

Siguiendo la lógica holandesa (no la política), es improbable que el consumo legal de cocaína en Colombia vaya a tener un efecto social tan negativo como su prohibición. La misma que hoy mata gente, desplaza campesinos, corrompe políticos y arma a guerrilleros y paramilitares. ¿No sería pragmático que la política pública en Colombia empiece a considerar la cocaína como una droga “suave”? Este tipo de preguntas están ausentes del debate en nuestro país.

Por ejemplo, ahora que la prohibición de la cocaína causa estragos también en México, hay voces que de nuevo piden un “timonazo” al enfoque de “la guerra contra las drogas”. Según un editorial de El Tiempo de la semana pasada “el comienzo de una solución” es “aceptar que se han cometido errores de fondo, en particular la obsesión por combatir al productor y tratar al consumidor como delincuente”. Pero llevamos comenzando más de quince años: según un editorial del mismo diario, escrito en 1991, para “desmontar el fabuloso negocio de la droga” hay que comenzar a pasar “de la prohibición a la permisividad”.

Por obvias razones, el fracaso de la lucha contra las drogas tiene una importancia especial en Colombia. Ya sabemos, a fuerza de repetición, que hay que darle un “timonazo” a la política pública. La pregunta ahora es ¿hacia dónde? Buscamos un rumbo donde los efectos de la cocaína sean menos desastrosos para nuestro país. “Ablandar” la cocaína es sólo una opción. Pero para comenzar realmente, hay que comenzar por alguna parte.

danielpacheco@hojablanca.net

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