13 Jul 2010 - 4:10 a. m.

La política sabe mejor con ají

EN UN PAÍS QUE SE AUTOPROCLAMA chismoso, decepciona nuestro recato hacia a la vida privada de los políticos.

La entrada de este nuevo gobierno es una gran oportunidad para cambiar esta centenaria e insípida tradición. No sólo por la pública afición del nuevo presidente Santos a la pimienta y al estilo gringo de hacer política. Propongo otras dos razones, más serias, para repensar los límites de la vida privada de los políticos: primero, la urgencia de aumentar el interés de los ciudadanos en la política, y segundo, introducir un nuevo factor de coherencia en las posiciones de nuestros funcionarios públicos.

Thomas Cahill, el historiador estadounidense invitado al Festival Malpensante, resaltaba que en todas las iglesias católicas del mundo hay casos de pederastia, pero que los países angloparlantes son los únicos que los ventilaban. Esa tendencia a publicar eventos de la vida privada de cualquier persona con secreticos dignos de interés, está confirmada en cientos de casos de la vida política estadounidense. Los más recientes pasan por los rumores acerca de los gustos sexuales de la juez Elena Kagan, hasta la renuncia del congresista promotor de las políticas de “sólo abstinencia”, Mark Souder, luego de descubrirse su infidelidad.

En Colombia, en cambio, tenemos que sobrevivir nuestro culto nacional a la personalidad de los mandatarios a punta de declaraciones de rueda de prensa y opiniones de columnistas. Para confirmar esa aburridora hambruna sólo falta repasar los confidenciales de las revistas y periódicos, que a lo sumo tiran huesos ruñidos a una audiencia hambrienta de jugos y carne. ¡Con razón en una de las elecciones más vibrantes de los últimos años apenas logramos interesar a la mitad de los ciudadanos con voto!

La política como entretenimiento puede no ser lo que tenían en mente los griegos, pero a decir verdad, tampoco lo era una democracia en la que el voto de un analfabeta vale lo mismo que el de un Ph.D. Con lo cual, valga la aclaración, no tengo ningún problema. Como tampoco lo tengo con que se escudriñe en la vida privada de los funcionarios.

Porque, además de alimentar el interés, esta práctica sirve para revelar incoherencias importantes entre los discursos públicos, que tienen efectos sobre todo el mundo, y las prácticas privadas de quienes los pregonan.

Actualmente pasamos por un momento propicio para la pimienta, cuando el nuevo gobierno está nombrando a todo su gabinete. El caso de Sandra Bessudo, la próxima ministra de Medio Ambiente, es un excelente ejemplo de conveniencia de fisgonear. No tanto porque Sandra tenga una debilidad por los chicos malos (¿quien no?), sino por que su casa queda en un conjunto construido dentro de una reserva forestal en Bogotá.

Sandra, de quien se cuenta que no hace excepciones en su criterio ecológico (regaña a Vargas Lleras por sacar una langosta de Malpelo, cuenta María Isabel), en cambio no tiene problemas con construir su casa en un bosque nativo (no lo cuenta María Isabel). La información, privada e íntima de su hogar, ilustra al público sobre la rigurosidad excepcional de la próxima ministra.

Se me hace agua la boca de sólo imaginar los secretos sabrosos de funcionarios metelones que se oponen a la despenalización de las drogas, maricones que se oponen a los derechos LGBT, e infieles que pregonan abstención del gustico. Santos importó pimienta para su campaña, pero la política sabe mejor con ají.

danielpachecosaen@gmail.com

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