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Cualquiera que haya ido a Cartagena sabe que adentro y afuera de la muralla hay un hervidero de prostitución apabullante. La ciudad del pecado colombiana, esa de mostrar al mundo, se exhibe en varias páginas de internet.
En los medios internacionales, sobre todo los de EE.UU., que han cubierto la historia del “peor escándalo en la historia del Servicio Secreto”, la cuestión sobre la conducta de los uniformados ha girado en torno a dos cuestiones. La moral: hombres casados que, como dice el proverbio ya famoso del Servicio Secreto, se quitan el anillo cuando el avión despega. Y la de seguridad nacional: los guardianes del presidente en compañías dudosas y situaciones que los ponen en riesgo de extorsión, espionaje y, en últimas, debilitan su posición para cuidar al presidente.
El tema legal, tal vez incluso criminal, de los hombres en Cartagena se ha despachado rápidamente con la aseveración de que en Colombia es legal la prostitución. Y lo es. Pero no es legal el proxenetismo. Es decir, en sus leyes nuestro país busca proteger a las mujeres que venden su cuerpo y castigar a los hombres, u otras mujeres, que se lucran a costa de su explotación sexual.
Que yo recuerde, en el trámite de este tema no se ha hablado mucho sobre el fascinante debate que ha dividido a dos vertientes del feminismo. La pregunta inicial es poderosa: ¿es legítimo que, bajo condiciones ideales de libertad, una persona venda su cuerpo? Es decir, ¿la prostitución es un trabajo legítimo? ¿Es el cuerpo un bien transable bajo un contrato?
En juego está, nada más ni nada menos, un cliché favorito sobre la prostitución: “la profesión más antigua del mundo”.
Para las llamadas feministas de la dominación, representadas por académicas como Catherine MacKinnon, una mujer que vende su cuerpo nunca es libre, por definición, de la dominación sexual o económica de una sociedad machista. Para este grupo de pensadoras, la prostitución es inherentemente dañina, es un tipo de esclavitud, y por eso debe ser abolida en todos los casos.
Del otro lado están las feministas liberales, como Martha Nussbaum y Hillary Clinton, que han defendido la legalidad de la prostitución en condiciones donde la mujer (¿u hombre?) es libre de escoger. Según su visión, dentro de las libertades de la mujer está el poner su cuerpo como objeto de un contrato, y por lo tanto de convertir la venta de sexo en una labor, una profesión.
Detrás de cada una de estas vertientes del feminismo, aquí supremamente simplificadas, hay una apasionante discusión sobre aspectos básicos de la dignidad humana, el trabajo y la libertad.
Clavar los dientes sobre esto, sobre cómo entendemos que miles de colombianas se vendan a hombres extranjeros (y no sobre si los hombres del Servicio Secreto eran casados o si pusieron en riesgo la vida de Obama) sería quizá lo mejor que se puede sacar del escándalo de Cartagena. Olvídense de los yanquis, aquí el tema son nuestras putas.
