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La revolución del porno decente (II)

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Daniel Pacheco
09 de junio de 2015 - 03:00 a. m.
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NO TIENE UNA FECHA EXACTA, PERO la revolución de la pornografía en internet está, más o menos, cumpliendo una década.

Aunque desde el 91, cuando nació la internet, hubo pornografía digital, el modelo que impera hoy nació entre el 2004 y el 2006. MidGeek, la compañía que tiene el monopolio de la industria de pornografía compartida por usuarios, y es dueña de las páginas más populares como Pornhub y Redtube, fue fundada en 2004. En 2006 aparece Portube. El resto es historia. Por primera vez se puso a disposición de cualquier persona con un dispositivo conectado a la red una oferta casi infinita de videos pornográficos en sitios gratuitos y de fácil acceso. Hace siete años escribí una columna al respecto, que se maravillaba de este suceso.

La cifras acerca la demanda de pornografía son poco fiables, pero las que hay, sobre todo de Estados Unidos, pintan un panorama sorprendente. Según una encuesta del Barna Group, una encuestadora cristiana, el 64% de los hombre ven porno al menos una vez al mes. Sólo 3% de los encuestados dijeron no haber visto porno nunca. De acuerdo a estudios citados por el Instituto Kinsey, que estudia comportamiento sexuales, un tercio del porno es consumido por mujeres, dos tercios por hombres. Los sitios pornográficos concentran más tráfico que Amazon.com, Netflix, y Twitter combinados.

Más allá de los números, en la pasada década la pornografía ha saltados de nichos oscuros y sórdidos a los ámbitos más aceptados de la cultura popular. Al video de Kim Kardashian con Ray J, filtrado en 2007, se le atribuye buena parte del éxito de la figura de los realities más famosa del mundo. Incluso el renombrado promotor antioqueño de “guardar el gustico para después del matrimonio”, Álvaro Uribe, quedó en evidencia como consumidor de pornografía luego del indiscreto retwiteo de un vínculo a una página de porno desde su Twitter, sin sufrir mayores consecuencias u oprobios.

La pornografía parece haber superado el debate legal y filosófico que la caracterizó en los 80, como una discusión de libertad de expresión y regulación estatal, ilustrada en la épica batalla judicial de la revista Hustler. Hoy los esfuerzos punitivos alrededor de la pornografía se concentran, con razón, en detener la explotación de menores de edad.

Pero si las preguntas acerca de este fenómeno incontenible han cambiando, su debate parece aún encerrado en los cuartos oscuros de las tiendas de videos XXX del pasado siglo. ¿Qué dice de nuestra cultura, por ejemplo, que alrededor del 90% del sexo en las vitrinas de la internet contengan actos violentos, como palmadas y ahogamiento, y generalmente sean perpetrados contra mujeres? ¿Qué tipo de sexualidad desarrollan adolescentes que desde los 11 años, según varias estimaciones, empiezan a toparse con esta pornografía en línea?

Una discusión abierta debería partir de entender lo que hay en la red como un reflejo de lo que demandan sus usuarios. La oferta —el sexo degradante y violento, y también el sutil y romántico—, es un espejo de la lujuria y el morbo ya creado por complejos factores culturales donde intervienen los medios masivos, las empresas y los gobiernos . Ahí están realmente los tornillos de nuestra sexualidad y búsqueda del placer.

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