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LA REVOLUCIÓN DE INTERNET 2.0 es por estos días objeto de candentes discusiones en Estados Unidos. El centro del debate es qué tan revolucionarias son las redes sociales para canalizar cambios sociales.
Y es que desde hace varios años hemos sido muchos, en Estados Unidos y en el resto del mundo, los que, con diversos grados de optimismo, vimos en la internet una puerta para lograr cambios radicales. Yo, por ejemplo, me estrené en el activismo pro despenalización de las drogas, vía un grupo de Facebook; una aplicación de esta red social que ha pasado al salón del desuso con una rapidez impresionante.
La chispa en Estados Unidos fue un artículo de Malcom Gladwell, un periodista con una narrativa tan cautivadora como retórica, en The New Yorker. Gladwell no sólo osó poner en duda la magnitud del poder de las redes sociales como herramientas para el activismo, sino que defendió lo que hasta ahora era impronunciable: que las redes sociales eran contraproducentes para lograr cambios reales.
La verdad sea dicha, para una revolución que en teoría debía haber avanzado con una rapidez proporcional a como mueve información y crece en usuarios (Facebook ya es el tercer país más grande del mundo), los logros de las redes sociales no son abrumadores. No hay ni un caso bien documentado de revoluciones vía Twitter o Facebook. Sí, el mundo se enteró de que en Irán se robaron las elecciones, pero se las robaron de todas formas. Sí, en Colombia estuvimos sumergidos en una ola verde, pero de eso ya sólo queda la presidencia de Santos y la cifra de abstención entre votantes jóvenes.
Sin embargo, irse al otro lado y sostener que las redes sociales hacen más difícil el activismo “real” es sufrir del mismo radicalismo de los evangelistas de internet 2.0. Según el argumento de Gladwell, la gente que participaría en un movimiento de verdad hoy siente que con espichar el botón de “like” en Facebook ya ha hecho suficiente, y no por eso va a salir a la calle a enfrentarse con el Esmad. Si alguien me dice eso, asumiría que con Facebook o sin Facebook no habría salido a la calle de todas maneras.
En el fondo lo más interesante de esta primera crisis de identidad de las redes sociales está en las desilusiones que deja al descubierto. La llegada de un medio radicalmente nuevo despertó la ilusión de que nuestra actividad iba a lograr más ganancias con la misma inversión. Que gracias a Facebook, los tres intensos que creemos radicalmente que algo tiene que cambiar, íbamos a convencer a millones desde los computadores de nuestra casa.
Se reventó la burbuja y nos encontramos con miles de “likes” entre las manos, que valen lo mismo que miles de volantes repartidos entre la basura. Y aunque las redes sociales sí son una herramienta potente para informar y coordinar movimientos, ahora volvemos a la búsqueda de esa vieja receta esquiva: involucrar tanto a las personas como para que esperen bajo la lluvia.
