Hacer viable lo inviable suele ser un mérito, excepto cuando se trata de las aspiraciones políticas del contrario. Sucede cuando un político termina siendo el jefe de estrategia de sus adversarios sin quererlo, o al menos sin esperar la derrota. Son esos tipos que detentan el poder como cazadores que presumen a sus opositores como presas. Eso explica que candidatos muy débiles, en un principio, al final lleguen al poder impulsados por el deseo de vengarse de quien lo ocupa y no por mérito.
En la historia reciente de Colombia, varios han ganado elecciones así. En la lista están Uribe, Petro, Peñalosa y el mismísimo De la Espriella. A Uribe lo hicieron viable Pastrana y el secretariado de las antiguas FARC. La frustración con un proceso de paz percibido como un santuario para las FARC hizo trizas el capital político de Pastrana y en cualquier salida negociada. En ese clima de miedo y demanda de mano dura fue que apareció Uribe con su famoso uno por ciento.
Luego, a Petro lo hizo viable el exprocurador Ordóñez. Cuando esa Procuraduría sacó a Petro de la alcaldía de Bogotá lo convirtió de un día para otro en víctima de una sanción genuinamente injusta. Y a punta de esa persecución, el hoy presidente tapó los problemas de su gestión como alcalde y se coronó como el gallo para enfrentar a las élites. Y lo mismo en 2018. En esa elección, los ataques del uribismo y de Vargas Lleras a Petro, calculados para invisibilizar a Fajardo, le pavimentaron el rumbo a la Casa de Nariño a quien la ocupa hoy.
Y a Peñalosa, en su momento, lo hizo viable en Bogotá el cansancio con Petro. Peñalosa es tal vez uno de los peores políticos de Colombia; antes de ganar la alcaldía en 2015 sólo había podido ganarle a un mediocre candidato como Carlos Moreno de Caro en 1997. Por lo demás, el peñalosismo era un movimiento de sólo derrotas, hasta que Petro le sirvió en bandeja de plata su regreso a Liévano. Petro, respondiendo a Ordóñez, jugó la carta de la radicalización. Se suponía que sería la estrategia para que Hollman Morris ganara la alcaldía, pero realmente sirvió para revivir al exalcalde torpe.
Y Gustavo Petro lo volvió a hacer, pero como presidente de la República. Sólo que ahora el beneficiado no es un líder competente, aunque mediocre para el proselitismo, como Peñalosa; sino uno que es lo opuesto: el presidente electo De la Espriella, un propagandista hábil sin resultados probados que empezó capturando las ruinas de la ultraderecha que dejó Ordóñez y terminó quedándose con todo.
Que a nadie se le olvide que esa actitud de cazador en el poder puede capturar muchas presas, pero también que el cazador puede terminar cazado, y la democracia se deteriora así. Esa política es efectiva sólo hasta un punto, pero estimula el voto movido por la venganza, y se supone que la democracia es la antítesis de eso. De la Espriella llega a la presidencia gracias a que Petro fue su mejor estratega, y debería tenerlo muy claro si quiere hacer, siquiera, un gobierno presentable.