Las campañas políticas son una carrera por demostrar que el rival es peor que el candidato propio. Eso ocurre hace rato, sólo que ya no hay pudor al respecto y es síntoma de una democracia agonizante. Imagino que antes de que el Estado de Derecho muera del todo veremos que los equipos de fútbol irán al Mundial prometiendo que serán los que menos goleadas reciban, le entregarán el Nobel de Economía a los asesores del gobierno con la menor hiperinflación del planeta, y de las especializaciones en medicina se graduarán quienes menos pacientes dejen morir.
No repetiré la perorata sobre la ausencia de propuestas en las campañas. Lo que quiero destacar es cómo han conquistado el poder los escuderos digitales de los líderes políticos. Los mismos que, a cambio de un contrato con el Estado, sacan del archivo tropiezos pasados de sus oponentes para evitar que sus jefes rindan cuentas. Aunque con esto no pretendo decir que sean unos absolutos cobardes, no. Muy valiente hay que ser para cumplir con toda la burocracia necesaria para registrarse en el SECOP.
La lógica de tramitar las diferencias políticas a punta de señalamientos mutuos es conveniente para ambas partes. Los enfrentados diluyen sus responsabilidades en eternos hilos de redes sociales y, a la postre, el votante queda perdido sin poder evaluar gestiones concretas para elegir a conciencia. Por fortuna, todos frente al tarjetón reflexionamos y allí hacemos un balance interno que... al final, nos lleva a votar por el que más haga llorar al que nos cae mal. ¿O no?
Estos cruces de acusaciones normalizan la idea de que la corrupción o la incompetencia son inevitables. Y por esa vía la gente termina preguntándose ¿para qué salir de casa un domingo a votar? Tal vez alguien me responda diciendo que la democracia está más viva que nunca porque su político preferido ganó las elecciones pasadas. Tal vez tenga razón y yo deba retractarme diciendo: el interés por la democracia viene creciendo tanto que el espectáculo de medio tiempo del Súper Bowl 2027 servirá como taller de la Misión de Observación Electoral.
Cansa ver que las campañas perdieron el incentivo de demostrar que los aspirantes pueden hacer una buena gestión, a pesar de algunos errores. La clave del sistema democrático es rendir cuentas y eso implica aceptar equivocaciones. Perdón, sé que suena idealista, porque la gente cree que los políticos nunca piden disculpas. Y en este punto tienen razón: para encontrar uno hay que poner en Google “político disculpándose + Grecia antigua”.
De lo que sí estoy seguro es que tanto empate en la mediocridad llevará varios de nuestros derechos al despeñadero. Ya el ministro del Interior le puso nombre propio al abismo que podría ser nuestro futuro; lo bautizó “constituyente”. Y el riesgo enorme que implica esa constituyente pasará de agache simplemente porque en el pasado la oposición también quiso impulsar una. Dijo el extécnico de la Selección Colombia Francisco Maturana que “perder es ganar un poco”; yo creo que en debates políticos empatar en acusaciones es acabar con la democracia un poco.