En menos de un mes, la conversación en Colombia pasó de la unidad por el terremoto de agosto a una honda preocupación por unas escaleras que diseñó Salmona. No discuto la importancia de conservar el patrimonio arquitectónico local; lo que quiero es señalar la odiosa ironía: ¿qué lleva a un montón de gente a pasar de declarar su rotunda solidaridad a rabiar en nombre del elaborado legado de Rogelio Salmona? Aclaro, eso sí, que estoy convencido de que Salmona hace parte ya de la identidad colombiana, como el sombrero vueltiao, el ajiaco o pasar de ser un amor a un cafre de un día para otro.
Desconfío profundamente de esta indignación de turno porque alguien con la suficiente sensibilidad para entender por qué el patrimonio histórico es importante no debería andar en esas. Nadie que realmente comprenda que la conservación patrimonial, en últimas, es un cuidado humanista andaría derrochando rabia públicamente por una sofisticada estructura de peldaños a menos de un mes de la devastación física y moral que el país enfrentó el pasado 10 de agosto. Esa es gente que debería ocuparse de abrir una licitación para que les demuelan tres o cinco pisos de su ego.
A muy pocas de las personas que gastaron tiempo y palabras en la defensa de las desaparecidas escaleras les importa realmente el patrimonio histórico. Lo que buscan es darse relevancia. Donde varios ponen el grito en el cielo por esas escaleras de Salmona, yo realmente leo: “¡¿Hay alguien que me valide por fin, por favor?!”.
Hablo de la gente a la que se le ve regocijada entre el enojo, publicando textos largos en sus cuentas digitales, grabando videos verticales y compartiendo notas de medios que retoman el tema. Hablo también de noticieros de televisión y periódicos digitales que catalizan la conversación de redes para transformarla, de memes e insultos, en comunicados oficiales de autoridades. La verdad es que quienes estuvieron denunciando en redes la remodelación que destruyó las escaleras de Salmona ya deberían calmarse porque pueden restaurarlas con los ladrillos de hilos que escribieron en X.
Y tal vez muchos de esos argumentos sean ciertos y valga la pena darlos a conocer, pero tal vez… como que ahorita no, muchas gracias. Y sí, la vida tiene que seguir luego del terremoto, entre otras cosas para estabilizar el consumo y, por tanto, la economía, pero un poco de tacto no le sobra a tu exquisito gusto.
Respaldo las normas de conservación del patrimonio, reconozco el enorme legado de Salmona, pero eso no me impide decir que hay que ser un desubicado para convertir el asunto de la remodelación en uno de los temas de conversación nacional mientras miles de familias en el suroccidente colombiano no saben cómo reconstruir sus techos. Mis respetos a las y los expertos en el campo de la conservación patrimonial —sobre todo a quienes hicieron publicaciones prudentes—, pero no transformen su conocimiento en una corriente para alimentar el comportamiento de manada. La bobada ha sido tal que llegué a pensar que pronto me iba a encontrar con arquitectos de Chapinero diciendo: “¡Firmes por Salmona!”.