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El periodismo que le da a la audiencia únicamente lo que espera escuchar es propaganda. Lo alarmante es que son esos contenidos los que están teniendo mayor audiencia digital, resultados que son presentados falsamente como evidencia de un buen trabajo. Ocurre con Hollman Morris al frente de RTVC y con el regreso de Vicky Dávila a Semana. Hollman es el periodista que pasó de ser la voz de los que no tienen voz a la voz oficial; y Vicky, la que se dio cuenta de que prefiere un “Última hora” a un “última en las encuestas”.
El vaivén de las urnas a los medios ocurre desde hace años, pero que sea una práctica vieja no significa hoy que esté bien. Se trata de algo que primero normalizaron las élites políticas de antaño y ahora justifican las bases de la política alternativa en casos, justamente, como el de Morris o influenciadores que ahora son gamonales del Pacto Histórico. Una falacia recurrente para justificar esto es preguntar por qué, si un médico aspira a la presidencia, sí puede volver a ser médico, pero si lo hace un periodista no. Es casi como preguntarse por qué no se puede confiar en un cardiólogo que quiere abrir una cadena de fritanguerías.
La puerta giratoria entre periodismo y política debería ser una ofensa para cualquier audiencia, pero, al contrario, se ha convertido en un estímulo de fidelidad. Millones de personas hoy sólo confían en los contenidos altamente politizados que se hacen pasar como información, así que haber pasado por una campaña política le da legitimidad ideológica a quien posa de periodista. Aunque realmente estamos ante una especie de disc jockey de las noticias, pues se dedicará a reproducir únicamente lo que le pida la gente.
El periodismo debería no sólo incomodar al poder, sino a quien lo consume, en el sentido de retar sus creencias y sesgos. Informarse puede ser una experiencia agradable, pero nunca complaciente en términos de convicciones políticas. Un periodismo que le haga a uno ver el lado más débil de la gente por la que uno vota está haciendo su trabajo. En cambio, la propaganda que se disfraza de periodismo es una especie de restaurante en el que quien lo consume pareciera poder decir: “Disculpe, ¿me puede cambiar este titular en contra de mi candidato por huevo?”.
Sí, quien abandone el periodismo para irse a hacer proselitismo debería tener la ética de no regresar. Esa línea debe trazarse para cruzarse sólo una vez y en un solo sentido. Pero, más allá de eso, tal fenómeno persiste porque hay gente que lo defiende como el antídoto a los errores del periodismo más tradicional. Si ese es el camino, tal vez lo siguiente que viene serán noticias deportivas tan personalizadas que solo nos van a mostrar los goles del equipo que nos gusta para poder imaginarnos tranquilamente que el contrario anotó menos.
