El lento relevo generacional en la política se está convirtiendo en combustible para la radicalización de las nuevas generaciones. Cada vez es más común ver que quienes gobiernan países son personas de edad avanzada, sea porque llegaron a esos cargos de liderazgo en esa etapa de su vida o porque envejecieron allí debido a que son autócratas. Cuando hay elecciones, se suele decir que asistimos a la “fiesta de la democracia”, pero si nos toca seguir votando por las caras de siempre tendremos que empezar a llamarle la “viejoteca de la democracia”.
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Quiero dejar muy claro que esta columna no se trata de discriminar por edad, puesto que los años pueden traer sabiduría que no se adquiere de algún otro modo. Mi punto es que varios políticos de siempre están haciendo, particularmente en estos tiempos, más esfuerzos para quedarse en los puestos de poder, y eso va en detrimento de la diversidad. Se trata de garantizar alternativas. Explicado de otra forma: qué placer escuchar en las plataformas de música el concierto de Juan Gabriel en en el Palacio de Bellas Artes, pero qué angustiante sería no poder poner en loop, por estos días, un par de temitas de Beéle.
En países autoritarios, los líderes son los mismos desde hace décadas —Rusia, China, Nicaragua— y en varias democracias hay cada vez más esfuerzos de hombres viejos por acaparar el liderazgo de sus partidos. Basta con mirar a Estados Unidos, la India, Israel o fijarse en los esfuerzos de Cristina Fernández de Kirchner para controlar el peronismo, incluso en el mismo presidente Petro, que no ha logrado promover nuevos liderazgos. Pasan los años y se resisten a retirarse. He llegado a pensar que tal vez no es que no quieran soltar el poder, sino que se les olvidó dónde lo pusieron.
Ya lo contaba The Economist en un artículo de noviembre del año pasado: la edad promedio de los líderes políticos ha aumentado de 55 años, en 1974, a más de 62 años en 2025. En contextos donde los líderes envejecidos controlan el poder por décadas, las posibilidades de renovación se reducen fuertemente y conducen a frustraciones que terminan llevando al poder a figuras radicales —más jóvenes— como Nayib Bukele o Javier Milei, por ejemplo. A este paso, nadie va a querer quedarse en la mentada fiesta de la democracia, pues cada vez más se empieza a sentir como un eterno baile con tíos y tías.
Este fenómeno conlleva a que las personas más jóvenes empiecen a desconfiar de la democracia, a decepcionarse porque sienten que sus voces no tienen eco en gobiernos desconectados generacionalmente debido a la falta de diversidad. Si queremos cuidar la democracia es clave que haya elecciones primarias competitivas, incluso para cuerpos colegiados, donde nuevas figuras puedan representar a quienes se sienten excluidos y excluidas. A varios de los que se rehúsan a dejar el poder les molestan más las letras del trap o los bailes de Sabrina Carpenter que la crisis climática… y eso explica mucho.