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Sabes que tu derrota fue grande cuando no puedes acudir a nada distinto que a protestar en pijama. O al menos eso publicaron en redes algunas personas que vieron el lunes al Senador estadounidense, John Fetterman, asistir a la posesión de Donald Trump en hoodie y pantaloneta. Las imágenes se han hecho virales, pero varias personas no saben que Fetterman se viste así por razones asociadas a su salud mental y asumieron la pinta como una protesta.
Generalmente las posesiones presidenciales no suelen ser para expresar desacuerdos, pero el regreso de Trump al poder no es común. Eso también llevó a un grupo de personas en redes a criticar la amabilidad de la administración saliente con la entrante. A esas personas les hacía falta algún acto de rechazo a lo difíciles que serán los años que vienen y tal vez por eso se tomó la manera de vestir de Fetterman como esa declaración. La frustración es tal que leí un par de comentarios que hablaban de la “revolución en pijama”.
¿Y qué pasaría si la idea tomara vuelo, así fuera por un malentendido? Antes de responder esa pregunta debo decir que, en todo caso, transferir el poder con amabilidad es lo que pueden hacer los demócratas para contrastar con los hechos del 6 de enero de 2021, a pesar de que algunos crean que puede ser la última transición. Ahora, contestando, creo que sería totalmente coherente la oposición a Trump en pijama porque el intento de limpiar a diario el desastre que se avecina requiere ropa cómoda.
Hasta ahora, la pijama ha sido una anécdota descontextualizada en medio de la luna de miel de la derecha radical. No obstante, no se puede descartar que semejante tontería desate represalias. Es probable que la semana que viene Trump firme una orden ejecutiva prohibiendo vestir hoodies y pantalonetas, ya sea para estar en casa, salir a mercar o intentar derribar un régimen neofascista y supremacista blanco.
Aunque esa desinformación también podría tener otra interpretación, y aquí puedo estar haciendo méritos para empezar una carrera de intérprete de lenguaje no verbal de aquellos que aparecen en medios para rellenar contenido. Tal vez imaginar la oposición a Trump en pijama podría llegar a no ser percibida como una protesta, sino de aceptación de la pereza con la que los líderes demócratas han enfrentado a Trump desde 2016.
Con ese espíritu especulativo, imagino que Michelle Obama no fue a la posesión de Trump también para protestar en pijama. He decidido suponer que se quedó en su casa bajo las cobijas viendo lo que ocurría en el Capitolio. Todo esperando que al final apareciera un letrero en el televisor que dijera “si te gustó esta película de terror tenemos más títulos para ti”.
Aún faltan varios días para que el polvo se asiente y ver cómo será la oposición demócrata. Lo que sí demuestran tantos comentarios sobre un tipo en pijama en el Congreso estadounidense es que la moda sí es política. Sólo que tal vez alguien dejó mucho tiempo las instituciones gringas en la secadora porque se ven encogidas ante el regreso de Trump.
