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¿Qué conduce a una campaña presidencial tan absurda, en la que los candidatos que puntean han sido, por decir lo menos, convenientes con el régimen autoritario de Venezuela? Uno de los opcionados fue defensor de Alex Saab, el testaferro de la corrupción chavista más cruel. El otro se sube a tarimas con influencers clave en la campaña #FreeAlexSaab. Estas connivencias con las violaciones de derechos humanos en Venezuela deberían tenerse en cuenta a la hora de votar, porque implican responsabilidad política, cada una en su contexto.
En uno de los momentos más duros de la crisis venezolana, cuando escaseaban los alimentos para toda la población, Saab hizo posible una red de corrupción que, entre otras bajezas, suministraba leche en polvo falsa a niños, como lo ha documentado Armando.info. Más allá de si la ética coincide o no con el derecho, Abelardo de la Espriella tiene una responsabilidad política y debe rendir cuentas por ello. Mucho más a la luz de las cuantiosas sumas de dinero que habría recibido, según reveló el periodista Daniel Coronell el pasado domingo.
En otra dimensión que también exige responsabilidad política, Iván Cepeda no solo ha guardado silencio frente a las atrocidades cometidas por el chavismo, sino que sube a su tarima de campaña al influencer conocido como “El Duda”, quien fue parte muy activa de una campaña para lavarle la cara a Saab. El Duda no solo acompañó a Cepeda, sino que fue uno de los números centrales en el recordado evento de Gustavo Petro en Barranquilla, en 2022, con la tarima en forma de “P”.
Este es sólo uno de varios creadores de contenido que hoy apoyan a Cepeda y que en el pasado apoyaron a Saab con la etiqueta #FreeAlexSaab. La pregunta es: ¿todos ellos, así como De la Espriella, recibieron sí o no dinero de Saab?
Las violaciones sistemáticas de derechos humanos en Venezuela constituyen un fenómeno atroz, comparable con las dictaduras del Cono Sur, con la particularidad de que han ocurrido justo al cruzar la frontera. En Caracas se levanta el Helicoide, que ya es señalado como un enorme centro especializado en tortura, y aun así parece no importar. Como si la defensa de los derechos humanos fuera una competencia con marcador, donde se suman o restan puntos según la conveniencia ideológica. Repugnante.
Algo similar sucede con la JEP. Los avances de esta jurisdicción para esclarecer las atrocidades en el conflicto armado son valiosos, aunque empiezan a ser instrumentalizados. Voces relevantes en redes sociales se enfrascan en deleznables carreras de víctimas, intentando convertir la justicia transicional en un memorial de agravios de un bando contra otro, en lugar de un proceso de memoria orientado a la reparación y la reconciliación. La defensa de los derechos humanos no puede ser un postureo que tiene memoria selectiva a la hora de votar; tiene que ser íntegra porque es la clave para exigirle a quien llegue al poder una rendición de cuentas legítima.
