Sorpresivamente la presidenta argentina Cristina Fernández de Kirchner anunció el pago de la deuda con el Club de Paris: en total U$S 6.700 millones. El anuncio fue hecho mientras una creciente ola de rumores, versiones y algunos hechos preanunciaban una cesación de pagos. Un nuevo default a menos de 6 años del anterior.
Fue una medida de impacto para desmentir tanta especie negativa. Lo que se conoce en economía como un tratamiento de “shock” para revertir las expectativas. Nos sobran reservas para pagar al Club de Paris y los compromisos de este y el año que viene (lo que redondea unos 26 mil millones de dólares); palabras más palabras menos, así se podría resumir el mensaje de la presidenta.
En efecto, las reservas alcanzan a los U$S 47 mil millones y las cifras fiscales y de crecimiento son positivas, aunque enlenteciéndose, lo que no justificarían tanta inquietud ni expectativas tan negativas, como para llegar a pensar en un default y temer tanto a una corrida bancaria, como en alguna forma se insinuó.
Sin embargo eso no quiere decir que “sobren” reservas, y menos, si se sabe que la deuda total es de U$S 180 mil millones, incluidos los 30 mil millones de bonista que no aceptaron la propuesta de canje del entonces presidente Néstor Kirchner y que no cejan en sus reclamos.
Por otra parte hay otros datos no tan buenos: mínima inversión externa, muy bajo crédito interno y a muy corto plazo al igual que los depósitos y colocación de bonos solo a Chávez y a una tasa del 14,8%, que aún es mayor en la segunda comercialización que hace Venezuela de esos títulos. Por si fuera poco, las calificadoras de riesgos insisten y coinciden con las malas notas para el país, reforzadas por los informes preocupantes de los bancos de inversión de Wall Street, del FMI y del Banco Central de España.
Hay quienes van más allá y sostienen que Argentina no resistiría un análisis en serio y en profundidad de sus números y que el anuncio de Cristina además del impacto que pudiera tener para parar rumores y revertir expectativas, era la opción frente a una negativa de pago o la alternativa de someterse al FMI y sus hurgadores como reclamaban desde el Club de Paris para hablar de refinanciación.
Se sabe que el gobierno de los Kirchner “maquilla” los datos. El caso más flagrante es el de la inflación, lo que ocurre desde hace 19 meses cuando Kirchner y sus hombres sacaron a los técnicos que hacían las mediciones de precios en serio.
Oficialmente, para agosto, el porcentaje de inflación sería del 0.6 %, pero las estimaciones privadas lo ubican en el 1,8 %, y la sensación de la gente que “camina y compra” es de que es mucho más. El gobierno estima para el año una inflación del 8% pero no hay ninguna organización o analista privado o independiente que la ubique por debajo del 25%. Muchos hablan del 30%.
Con los números del gobierno mejoran los datos sobre recaudación a raíz de la medición tergiversada y minimizada del impuesto inflacionario, el índice de pobreza no crece y las obligaciones con los tenedores de titules que se regulan por el índice de inflación, están por debajo de la realidad. Pero, por supuesto, este tema ya fastidia en demasía a los que compraron papeles con esas características y se refleja en la inversión. Cada vez es más fuerte la desconfianza en las “reglas” que a su voluntad fijan los Kirchner. Con los precios, la situación es aun peor: el ciudadano siente que se burlan de él cuando mes a mes oficialmente le dicen que no hubo aumento de precios o que fueron muy pequeños.
El meollo del problema está en la caída de prestigio, pero por sobre todo de credibilidad, de la dupla gobernante. El tema ya no se soluciona buscando culpables, persiguiendo “oligarcas” y explotadores y juzgando torturadores. Los “blancos fáciles”, han dejado de ser tan redituables.
El anuncio de Cristina no tuvo, o no lo ha tenido hasta ahora, el impacto que esperaba. Los números siguen las tendencias anteriores, y el descreimiento crece.Para que un tratamiento de “shock” pueda tener efecto, hay que tener una mínima credibilidad, de lo contrario no deja de ser un mero show para distraer al público, pero que logra un muy pequeño efecto y solo mientras dura la función.