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Todo huele mal

Danilo Arbilla

06 de junio de 2017 - 09:00 p. m.

El “fracaso” de la OEA en su intento por “presionar” una salida democrática en Venezuela ha dado lugar, entre observadores y analistas, desde Buenos Aires a México, a una especie de común comentario en cuanto a que ello se debe a la posición de países de Centroamérica y el Caribe, que son “petróleo (venezolano) dependientes”.

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Creo que se trata de un comentario que no es ecuánime ni realista.

Pero parece que hay una opinión corrida en torno al tema en cuestión y no de ahora. Por ejemplo, hace cinco años el popular expresidente uruguayo José Pepe Mujica decía: “… Me imagino que debe haber un altar en cada islita del Caribe, rogando por la salud de Chávez…”, “… un gobierno con la generosidad de Chávez no hemos visto nunca en América Latina. Le dio vida a Dios y todo el mundo. Pobre Cuba si no está y pobres esas islitas que banca todo el tiempo con la canilla abierta de petróleo…”.

El hecho es que, en materia de votaciones, cosas peores se ven a diario en la ONU y sus comités. Alcanza con fijarse en lo que se vota y se veta en el de Derechos Humanos, en el que Cuba y China llevan la batuta.

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Quizás los “votos” por motivaciones económicas sean los más explicables. Pueden no justificarse, pero son entendibles.

Venezuela y el chavismo han generado muchos (malos) ejemplos al respecto. Con los de los españoles a la cabeza: gobiernos del PP y Socialistas, asesores de izquierda (Podemos), banqueros y constructores navales, todos, en su momento y en función de sus relaciones comerciales o de asesoramiento, defendieron la democracia chavista. El “pico’” más vergonzoso —con derivaciones hasta hoy— se dio con el gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero y su canciller Miguel Ángel Moratinos.

Pasó con Brasil. Más allá de las “afinidades” ideológicas, el apoyo de Lula se medía en superávits en la balanza comercial y carta blanca –—casi patente de corso— para las empresas brasileñas con negocios en la exuberante Venezuela. Hoy en Brasil cambió el gobierno, pero también cambiaron las “posibilidades económicas” que ofrece la pobre Venezuela; Itamaratí siguen siendo la misma.

Son muchos los ejemplos, pero el peor es el de los Estados Unidos, que no por conocido deja de asombrar cada tanto. En estos días el diario El País de Madrid y noticias de Bloomberg han puesto otra vez sobre el tapete los negocios petroleros entre Venezuela y “el imperio”. EE. UU. es el mayor comprador de petróleo de Venezuela, por unos 12.000 millones de dólares anuales. Venezuela exporta el 30 por ciento de su producción a EE. UU. y es el mayor exportador latinoamericano y el tercero en el mundo. Es conocido que la empresa Citgo, con refinerías y centenares de gasolineras en EE. UU., es de PDVSA. En las épocas en que el comandante Chávez en una de sus tantas payasadas hablaba del “azufre”, el negocio del petróleo entre los dos países iba viento en popa. Chávez hablaba en contra de un acuerdo de libre comercio con EE. UU., pero tenía una gasolinera en cada esquina de ese país, como le reprochó un colega. Y además todo lo que recaudaba en esas gasolineras lo dejaba en bancos y en bonos estadounidenses.

La hipocresía, el doble discurso, el cinismo, es muy grande. Si el gobierno de EE. UU. actuara con respecto a Venezuela como lo hace con Irán el régimen chavista ya habría caído. Pero parece que al imperio no le preocupa tanto la crisis venezolana: castiga algunos hombres del régimen, pero mantiene sus “negocios”, sin ningún problema y sin ninguna traba, con el régimen.

Por eso es que no parece ecuánime ni ajustado con lo que es la realidad “señalar” a los países que frenan en la OEA una condena en serio a Maduro y al régimen chavista.

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Hay cosas peores, como está dicho y probado.

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