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Periodismo en directo

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Darío Fernando Patiño
24 de mayo de 2008 - 06:38 a. m.
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LA TOMA DE UNA SUCURSAL DE PORvenir en Bogotá por un sargento retirado del Ejército, granada en mano, generó una efímera controversia.

No por la situación del hombre, ni por lo que hizo, ni mucho menos porque confesara haber participado como soldado en el atentado contra Antonio Navarro. Nuevamente fue por “el papel de los medios de comunicación”.

¿Deben los medios transmitir en directo esta clase de hechos? Decir que no sería pedirles a los periodistas que renunciaran a la esencia de su oficio: cubrir los hechos en el momento en que están ocurriendo. Y sería negarle al público la posibilidad de enterarse oportunamente de lo que sucede.

 El asunto está en cómo se haga. Y no voy a calificar a los colegas en esta circunstancia en particular. Los periodistas de radio y televisión saben que buena parte de su trabajo es en vivo y en directo, pero no se alcanzan a imaginar lo que se les puede presentar en el camino. El poco entrenamiento que reciben no incluiría una situación como ésta de enfrentarse a un hombre que puede volar con todos los que lo rodean. Y como si fuera poco, ante miles de espectadores.

 Cuando hay una llamada de urgencia a una redacción, sale el reportero disponible, que muchas veces no es el más experimentado. Tiene poca idea de qué se va a encontrar y menos del rol que llegaría a jugar.

Por eso ahí es muy importante quién esté detrás. La persona que lo apoye desde la base. El jefe o el compañero sereno y consciente, con una visión de conjunto y sentido de las consecuencias, que le diga cómo proceder y hasta dónde llegar. Que se alterne en el uso de la palabra con el reportero en campo para que éste tenga oportunidad de pensar. Con criterio y autoridad  para detenerse. Lo contrario, un jefe incitador,  puede conducir a un desenlace impredecible.

Pero también en el caso del martes vale discutir la actuación de las autoridades. Que unos agentes se camuflen como periodistas para inmovilizar al sujeto, les quita confiabilidad a los reporteros de verdad y compromete la seguridad de todos los involucrados. Esta vez no ocurrió nada grave, pero…

 Y no se puede quedar sin comentario la rueda de prensa en directo con la guerrillera Karina, organizada por el siempre mediático Comandante del Ejército. ¿Qué se esperaba? ¿Que confesara sus crímenes? ¿Que revelara la ubicación de sus jefes? ¿Que hablara bien del Ejército? En realidad lo único que hizo fue admitir que se entregaba por la presión de las tropas y que no era tan mala como se hacía creer.

Claro, no contó que una persona cercana a ella la había “convencido” y que por eso recibiría una recompensa (¿una parte para ella?). Salvo que el general Montoya lo tuviera todo controlado, de esa “exposición” en directo cualquier cosa hubiera podido salir. ¿Se imaginan algo así con Simón Trinidad, que aun esposado lanzaba arengas a favor de las Farc y en contra del Gobierno?

Periodistas y autoridades, con distinto grado de buena o mala fe, nos confundimos a veces en el manejo de los hechos en vivo. La formación, la reflexión y el debate de los reporteros y de sus jefes debe ser constante para tener siempre presente a qué y ante quién nos enfrentamos.

El lunes en Medellín los corresponsales (con una sola excepción que la llamó “alias Karina”) le decían a la sanguinaria guerrillera: ¡Karina (o señora Karina) buenas tardes!

 Con desgano, ella sólo contestó el saludo un par de veces.

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