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Acercamiento

Diana Castro Benetti

06 de marzo de 2009 - 10:32 p. m.

Hay encuentros que con sus tonos catedráticos ni los escuchamos y hay otros que por imprevisibles, son los sucesos exóticos de la vida ordinaria.

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Y es que desde cada acercamiento se escucha el destino como cuando cruzamos las esquinas para no hacerle caso a las ánimas y convertir en bulla de tambores cualquier rincón de un zócalo. En algunos, si se observa con detalle, se comparten las angustias de un alma y el sabor del chocolate o se abre la rendija de lo imposible cuando aparece la expectativa de un visado. Otros desatan nudos y, los dioses o los aviones, sepultan el pasado que fue volver a la ruta de la alegría.

Y es que los encuentros pueden suceder sobre la espesura de una piedra de obsidiana o debajo de la sonrisa de una Virgen como la de Guadalupe sólo para que el sol amarre el nagual de los plumajes celestes o los sentidos escuchen los anuncios de actualidad en un megáfono. Encuentros que no son sino la combinación de intenciones, lugares y casualidad, para hacer de cualquier instante una danza hacia lo impensable como cuando el individuo de un pupitre contiguo se convierte en el mundo por conocer.

Sin clasificaciones de lo tangible y más allá de las encrucijadas, cada cual tiene su abanico de encuentros donde importan tanto el deseo como el desapego, el derecho como el revés, la inevitabilidad como el azar, el dar como el recibir, el alma como el cuerpo, lo virtual como lo cotidiano, lo sagrado como lo pagano. Encuentros que pueden o no hacer del tacto su cadena pero que, casi siempre, invitan a la entrega desde la ilusión, el deseo y los cuerpos sinuosos. Encuentros que se hacen uno solo, uno único, uno que es el sentido mismo de la delicadeza; uno que desde el poniente abre la rendija del después.

Y en la obviedad de que los encuentros suceden, es ahí donde lo que no es evidente se muestra. Son los cúmulos de coincidencias que narran las antipatías que caminan cerca de los pies o que dan cuenta de las novedades más allá de los dolores, pero sobre todo, son los actos de conciencia, con respiración profunda y acompasada los que tejen el amor de un momento sin anudar lo que se ofrece a algún posible retorno. Un solo encuentro los refleja a todos y convierte la práctica de la acción consciente en el antídoto al hado que nunca pudo ser.

otro.itinerario@gmail.com

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