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Amor sin destinatario

Diana Castro Benetti

18 de mayo de 2014 - 08:43 p. m.

La soledad no es bien vista y mucho menos bienvenida. Es como una taciturna enfermedad contagiosa que ataca, al parecer, a los menos agraciados; especie de zona fantasmal donde viven todos los anhelos mutilados, las ausencias perpetuas y los dolores enconados.

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Para muchos es un macabro lugar lleno de presencias irritadas, ideas y emociones obsesivas que le dan rienda suelta a la intimidad más profunda. La mejor mezcla de ficción y realidad, una sombra oscura y pegajosa.

El mundo de hoy no ayuda. Enfatiza una idea patética de soledad al darles glamour al éxito y a la pareja como sinónimo de felicidad. Víctima del comercio, es un mundo que llena los cuerpos de tantos aderezos que instala la desconfianza y el engaño. Vamos andando llenos de gente pero solos; llenos de sexo pero solos; llenos de artefactos pero solos; llenos de ideas pero solos. Llenos de tantas cosas que cada vez estamos más llenos de soledad. Cada segundo nace una pareja mentirosa con ojos que no miran y oídos que no escuchan para imaginar su propio transatlántico cargado de soluciones inmediatas o de curas mágicas contra lo maléfico. Menjurjes, fajas, carros, títulos y dineros que adornan toda soledad con la esperanza de que en la siguiente esquina no exista más el abandono o el rechazo. Vivimos una soledad cosida a la piel con tecnología de punta y aplicaciones instantáneas.

Pero lo cierto es que en ese hueco pestilente, hondo y negro, donde subsistimos esclavos de nosotros mismos y de lo nuestro, somos reales. Y más reales aún cuando la soledad adquiere sentido y el abismo desaparece atravesando el arcano de la noche oscura. Es el instante del retorno a la perfección. Al escucharla con delicadeza y desde el silencio, la soledad es amiga de exóticas ideas y motivo para que la inspiración se acomode. Su don precioso es abrir compuertas para que nazca un amor por la vida tal cual es, un amor por la tierra que se camina, un amor por los albures ya vividos y un amor por un futuro que puede o no existir. La soledad es compinche de quien se advierte y el estar sólo es un arte alegre cuando ya no teme más o cuando, al acecharnos, es la misma soledad la que acompaña la orfandad. Hay maestría en el contento.

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Y es en la soledad donde lo humano tiene su lugar porque, al no ser vistos, podemos ver; al no ser escuchados, podemos escuchar y al no ser tocados, podemos intuir. Es el lugar donde se esconden la dicha y la creatividad que navegan sin esclavitudes. Con valentía, a la soledad hay que rendirle su culto, darle su lugar, ofrecerle las mejores flores y agradecerle su presencia porque con ella nace el amor que no tiene huesos, el amor más noble, el amor sin destinatario.

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