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Cazando rutinas

Diana Castro Benetti

19 de marzo de 2008 - 04:14 p. m.

Cuando empezamos a observarnos se nos complican los días. Nos damos cuenta, por ejemplo, de que andamos atiborrados de hábitos y de imperceptibles rutinas que se vuelven pegajosas.

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Con la comodidad a cuestas, guardamos prácticas y costumbres en cajones para usarlas cuando amanecemos llenos de total inconciencia. Cada hábito tiene encanto y máxima atracción, pero también su propia atadura porque, con el tiempo, se vuelven cadenas que inmovilizan rodillas, dedos, corazón e ideas. ¿Se podría, acaso, renunciar a ellos?

Hacerles el quite a los hábitos requiere de atención, de estrategia de cazador y de mucha sangre fría para disolverlos. Hay que renunciar, por ejemplo, a nuestra manía de levantarnos y pensar lo que siempre pensamos; hay que renunciar a decir siempre lo mismo y a traer a colación el mismo ejemplo. Contar siempre la misma historia tiene el efecto de que nos la vamos creyendo y utilizar los mismos argumentos nos hace igualiticos al día de ayer. Desalojar un hábito requiere de esfuerzo y uno que no nos guste, aún más.

Pero lo más delicado de cualquier hábito no es el hábito en sí mismo porque, en últimas, la rutina no tiene la culpa. Es pensar que somos nuestras prácticas y que por tenerlas somos muy especiales. Se hacen aún más peligrosas las mañas cuando, al defenderlas, reaccionamos y atacamos a quien, en su inocencia, pisa ese sagrado territorio de la costumbre. Las rutinas se van adhiriendo a cada costado del cerebro sin que nos demos cuenta de que un día empezamos a vernos energúmenos ante la amenaza de un mínimo cambio. Para evitar disgustos, resulta útil optar por cualquier otro menú que no sea el de siempre y doblar hacia el otro lado cuando salimos de casa.

Pescar los actos automáticos implica mirarnos con detenimiento y, sobre todo, estar al acecho de lo que vamos haciendo cada día. Atraparlos requiere de pausas. Pausas para vestirnos, pausas para subir a un bus, pausas para argumentar y hasta para salir de compras; pausas durante la iglesia o el maquillaje; pausas antes del alcohol y luego del cigarrillo; pausas para hacer mercado o escoger el lugar de vacaciones. La pausa atrae la atención sobre lo que hacemos y sobre cómo lo hacemos y es como un faro de luz sobre itinerarios, discursos y cada abrazo que nos negamos. Parar durante la acción, permite saborear el sonido, escuchar los colores y le apuesta a la percepción como campo infinito de aprendizaje. Una pausa al día, ojalá dos, convierte la propia observación en un acto de creatividad y en el gozo de ser.

otro.itinerario@gmail.com

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