Hay que conversar con los médicos para preguntarles si el cuerpo tiene sus mapas. Con seguridad dirían que sí y que algunos son esos recorridos de electricidades, gotas y masitas.
Dirían, por ejemplo, que de mapa tienen mucho las terminaciones nerviosas y las expansiones y contracciones del sistema linfático o las delicadezas de la fuerza del sistema inmunológico, como también dirían que las rutas cerebrales andan llenas de estaciones y lugares aún por conocer.
Pero existen itinerarios que son menos obvios y más complejos de dibujar porque son líneas imperceptibles e invisibles, que se juntan para darles forma a los croquis de las emociones, a los bocetos de algunos pensamientos y al insólito diseño de los contornos energéticos. Circuitos que se parecen a la ruta de un enamoramiento profundo o a la memoria reciente de una canallada imperdonable. En silencio y sin dramatizar, el cuerpo va registrando cada tensión y estímulo para guardarlo, atesorarlo o ponerlo a circular dentro y fuera de él. Esencialidades imaginadas pero no por esto menos ciertas.
Y de todos los posibles vericuetos que se arman con lo que nos sucede a diario, hay que rescatar aquellos que se nos pierden en la inmensidad de lo corporal. Hay uno, por ejemplo, que por misterioso pasa inadvertido y es ese que va desde la base de la columna hasta la cima de la cabeza, ofreciendo corrientes de vitalidad con sabores a miel y néctares de color dorado. Señalado por el sistema del yoga, como el circuito de la energía propia y el reflejo de los colores del cosmos, es la senda que surge en la conciencia y termina en la práctica cotidiana. Todo un trazo energético que se detiene entre vértebra y vértebra y que se cruza con otro laberinto evidente y olvidado: la respiración, esa misma que nos hace falta en procura de otro ratico más.
Y hay otros recorridos que incluyen sonidos y silbidos de vientos para convocarnos a ver con delicadeza lo que somos. Recorridos que rejuvenecen tejidos, quitan canas y cuya única misión es acercar la bondad a los riñones y la vejiga; líneas que esbozan la amabilidad en las células del hígado; pliegues que dejan entrar el honor, el respeto, la alegría y la felicidad al intestino delgado y al corazón. Toda una geografía que despeja el atajo hacia la rectitud para el intestino grueso y los pulmones; la única cartografía donde la belleza se aloja en el bazo, el estómago y el páncreas. Para el Tao, este es el garabato de un mapa coloreado con integridad y sonrisa interior. ¿Puede acaso perderse la virtud en un croquis de tanta gentileza?