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Entre nudos y una ofrenda

Diana Castro Benetti

24 de octubre de 2008 - 11:00 p. m.

Trajinamos entre enredos y nudos en el afán de los días. Nudos que nos hacen zancadillas y atan los amores con la delicadeza de las sensaciones; nudos que se van convirtiendo en cadenas sin percatarnos siquiera de que la prisión es una invención propia o que los más incómodos son esos que impiden sueños y picardías en la tardecita de un viernes.

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De todos, los más pesados, los menos atractivos y los que más sofocan, son los que apagan las ilusiones entre vueltas y vueltas de sospechas, inquisiciones y desconfianzas.

Hay nudos que son simples atascos de garganta que por tragarse lo no dicho, se convierten en piedras que terminan alojándose en el corazón y el hígado. Hay nudos que se sienten desde más abajo del plexo cuando la ausencia es inevitable y hay unos que desgarran por infames y egoístas. Pero hay otros que por su humildad se esfuman con un par de masajes, como esos del cuello luego de una pésima postura o la visita del insomnio. Hay nudos que no queremos deshacer por miedo a saltar al vacío y hay otros que nos duele no haberlos amarrado a tiempo. Lo único seguro es que un nudo no puede abandonarse al olvido porque, si esto sucede, paraliza el presente, enferma el cuerpo y ennegrece el alma.

De los nudos, fascinan las rendijas de las conexiones en un cielo que se abre o las imposibilidades de salir corriendo cuando están cargados de pasiones, olores, tactos, movimientos, afectos y cercanías. Los nudos, como los buenos marineros, ajustan el rumbo, mantienen el ritmo, la velocidad, soportan la supervivencia o dan rienda suelta a los porvenires cuando los vientos son toscos y no alcanza la cuerda ni para el futuro. Como en un buen tejido, cada cadeneta aumenta el riesgo de una rasgadura si se aprieta demasiado o puede dejar escapar lo esencial si se deja a la debilidad de los caprichos.

Apretar sin exigir, soltar sin dejar ir y dilatar para liberar, son artes que hacen del nudo la destreza de amarrar el destino en encuentros y confianzas. Un buen nudo, suave y firme, sereno y libre, es el único camino para quienes anhelan amores, huelen ternuras y se descubren uno con la creatividad de sus días. No hay trucos, ni entuertos ni embrujos posibles para deshacer los nudos, sólo hay nudos que atan y otros que hacen del amor una conciencia de libertad. Son estos los que son las ofrendas para todos los días.

otro.itinerario@gmail.com

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