Cualquier camino de conocimiento interior requiere de simplicidad y a la vez de práctica disciplinada.
Cualquier camino interno permite recorrer las dudas, los sueños y los deseos con un lente ampliado de gratitud y aprendizaje. Obliga a una reconsideración cotidiana de cómo vamos avanzando con nuestros propósitos y, sobre todo, permite verificar si no nos hemos perdido de algunas lecciones como esa que es vivir desde el lugar y cuerpo que se nos ha designado por genética, azar o destino.
Cualquier camino es la ruta hacia un reconocimiento de nuestras potencialidades interiores y hace de los momentos de silencio los espacios para valorar las crisis, los pasos inútiles, las angustias y los percances. Todo camino tiene su técnica predilecta y aboga por resaltar sus ventajas frente a otras más o menos similares, más o menos eficientes. Y cada cual, también, desde su esquina del mundo puede escoger la señal para desviar su acción, canalizar intuiciones, emitir los juicios o recorrer con luz su sendero.
Cuando se escoge transitar un camino interior, se hace parte de un universo amplio, ajeno, desconocido, infinito y misterioso aún cuando sea espinoso sonreír en la mañana o abrirle espacio al silencio, la conciencia corporal, el refugio del mar o la calidez de una iglesia de barrio. Casi siempre la respiración es una vía sin moralismos ni verdades.
Sin embargo, el camino interior no es sólo una buena técnica aplicada, amplio conocimiento acumulado o la prédica repetida. Requiere de ingredientes indispensables como la revisión periódica de aquello en lo que nos vamos convirtiendo, pide disciplina y conciencia clara de nuestros actos y pretende la simpleza cuando hay que reconocer que los errores y la debilidad son la fuerza suave de un camino gozoso.
El camino interior no tiene fin como tampoco reglas únicas. Tiene gozo, deseos, dolores, recuerdos, momentos de soledad y momentos de compañía, ambiciones y evidentes fracasos. Tiene tutores, amigos, amores y pasiones. Está lleno de contradicciones que van desde la indecencia afectiva hasta la castidad en deseos. Nada es incompatible y la complejidad es el intento de concertar la gratitud con la irreverencia y el sufrimiento con la sensación de dicha, ésa que surge cuando recibimos ayuda para amarrarnos los zapatos.