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Observar a los otros es fácil. Mirarlos posar, correr, hablar y emocionarse es un recreo y un peligroso pasatiempo que nos incita a desenterrar las garras del cuchicheo y el juicio.
Y, también, observar el cómo otros nos miren sigue siendo igualmente divertido, aunque ligeramente más desestabilizador. Momentos que son la excitación misma cuando nos adivina la seducción de una mirada rápida o nos alcanza el sentido de desnudez en medio de un gentío. Sabemos que algunos nos miran como fisgoneando enaguas y muy de reojo nos pasan a examen cotidiano para lanzarnos dardos untados de prepotencia y altanería. Cuando los otros nos observan, nos zarandea el peso de sus actitudes saturadas de juegos de poderes y carencias o nos recompone la picardía de sus espejos.
Pero resulta un poco más espinoso observar eso que vamos haciendo con los días. Nuestras acciones son un terreno fascinante de investigación personal, toda una comarca propia, que por inmediata y descuidada, es la verdadera evidencia de lo que hemos sido y la ruta de regreso al lugar de donde provenimos. Actos que de tanto hacerlos de la misma manera son predicciones de futuro porque dibujan las posibilidades de siempre cuando vamos dando la vuelta a la esquina.
En realidad, es una exploración de lujo darle un atisbo a las acciones cuando andamos sumergidos en ellas. Habilidad que requiere hacer un pacto personal entre la propia voluntad y la elegancia en las decisiones que también son acciones. Habilidad que busca mirarnos desde el rabillo del ojo para descubrir aquello que no habíamos percatado; habilidad que arroja información de primera mano y datos fidedignos sobre lo que no queremos aceptar. El terreno de nuestras acciones en movimiento es conocimiento sistemático de alto nivel; es maestría de los doctorados de la práctica que reembolsa las cuentas del destino y es la oportunidad para que las reparaciones y los remiendos den sus frutos.
Y una simple técnica de respiración como ujjayi es el atajo para evadir las repeticiones de un mundo agitado y una conciencia perezosa. Ujjayi implica respirar apretando la garganta con suavidad y sin contraer hombros, nariz o boca. Haciendo un imperceptible sonido al inhalar y al exhalar, ujjayi es llave ligera y suave para activar la atención durante las acciones y es el hilo de conciencia que nos permite recobrar la destreza de ser turistas de nuestras propias correrías. Ver lo que vamos siendo es el cincel que traza en piedra la celebración y la buena fortuna.
