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La flor de un amor sin dueño

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Diana Castro Benetti
20 de diciembre de 2008 - 01:35 a. m.
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Todos sabemos de corazones. Conocemos lo necios que se ponen cuando vivimos la furia o somos presa de una desilusión.

Se achican y se descomponen hasta que sólo el tiempo logra reparar los daños de las arritmias o estirar los tejidos. Tampoco nos queda difícil rastrear los latidos que otros ofrecen por el camino, esas delicadas pulsaciones que se escuchan en las sincronías de cada unión. Sabemos que todo corazón carga sus placeres pero también sus machucones y que cuando duelen, duelen.

Hecho de retazos de virtudes y de pecados, de corduras y de desprecios, de bienaventuranza y de fe, Anahat, es una estación obligada en el itinerario de conciencia. Llegando desde el cóccix, después de la ciudad de las joyas, el cuarto centro energético está ubicado cercano al corazón. Detrás del torso, es el espacio infinito que puede albergar lo imposible y que está hecho a la medida de la devoción.

Anahat, con colores importados de Oriente, dibuja dos triángulos para formar una estrella de seis puntas dentro de un loto verde azul de doce pétalos. Es el lugar donde nos abandonan pero donde nunca nos perderíamos; es la ficción de la distancia y del tiempo; es la fusión del recuerdo y de lo que no ha nacido; es donde es posible la alquimia del agua con el fuego. Ahí, en el centro magno, creamos las conexiones con otros y conocemos sus intenciones malévolas o sentimos las diferencias y las exclusiones. También, más allá de las perversidades, es en ese lugar donde aprendemos de generosidad y compasión y donde sucede lo que debe suceder cuando se trascienden los límites de la pertenencia: florece un amor que no tiene dueño.

Registrar la dirección de Anahat es fácil porque es poner la mano en el pecho  cuando la mañana está brumosa, cuando se revelan las tardes como viendo pasar los pájaros desde la playa, cuando escuchamos las cuitas del mejor amigo en un bar de barrio o cuando colaboramos con otros por una comunidad mejor. No es de locos estar en un refugio que sabe a fresas, huele a jazmín, es verde y azul brillante y es rosa y dorado, porque los doce pétalos del loto no son otra cosa que la vida nuestra de todos los días hecha amor y aceptación. Anahat es la música del sonido que no suena. Es yoga. Anahat es nuestra zona invisible entre pecho y espalda.

otro.itinerario@gmail.com

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