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Los itinerarios no encuentran finales porque viven en el limbo del movimiento y sus llegadas son nuevos principios para cualquier camino de regreso.
Cuando comienzan en el cóccix y terminan en el séptimo cielo, son como destinitos sin trochas. Y como estación de llegada o de partida, el tope de la cabeza es un escondite visible y un centro para lo imposible. También puede ser un lugar sin sello y una abertura sin cierre. La coronilla, como sede de la propia experiencia, es débil en la infancia y fuerte en la adultez, un nada y un todo donde viven el yoga de los mil cielos y la unión de los opuestos.
Pero poco puede decirse de una bisagra de este estilo porque lo más interesante de Sahasrar no es el atisbo a la totalidad sino el camino de vuelta luego de respirar sentado en la cima de la cabeza y reconocer que desde esa esquinita se viven los amores prohibidos, los dolores de los otros, los placeres sin desenlace, las ambiciones por un mundo diferente y los sueños de una unión perfecta. La coronilla es el borde de las contradicciones y el punto único donde la flor de loto cierra de noche cada uno de sus miles de pétalos de eternidad.
Desde Sahasrar, mil bifurcaciones buscan darle uso a la piel, a los deseos, a las angustias, a las ataduras y a las cadenas. Es la ilusión de la magnificencia y la inutilidad de los enredos del mundo. Es rendirse sin olvidarse y es el lugar de la libertad, no porque estemos fuera del cuerpo sino porque, desde esa cúspide, encarnamos en él para mirar con asombro lo que somos y hacemos o dejamos de hacer en nuestro diminuto suburbio. Pequeño detalle corporal que hace de la belleza el punto colosal donde la unión mística se cubre de senderos suaves y firmes, abiertos y cerrados, explosivos e inexpresados. Camino de reencuentro que puede no tener fin y que es la morada de un infinito de carne y hueso. Sahasrar se parece más a lo inútil, a lo inoficioso, a lo ineficaz y a lo incongruente de los días que al lujo de una resurrección iluminada. Pequeño hueco por donde se cuelan los otros mundos y se funden con el nuestro al ofrecerle a cualquier beso la suntuosidad que se merece.
En la coronilla, Sahasrar es tan ilusorio como levantarse y es tan real como saberse estrella pero puede ser, también, trivial como un nido perfecto o inadmisible como el hambre. Sin almendras ni azafrán, el polo norte de nuestro cuerpo es el acceso a la sencillez de una lejanía cercana a la cabeza y una cercanía lejana al cóccix. Sahasrar es ver llover.
