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Vivimos con lujos y de lujos. Rodeados de expectativas y aspiraciones que se reflejan en suelas de zapatos, negligés o aparatos tecnológicos.
Venimos de los deseos lujosos de otros que se convierten en los pavores de la historia cuando, bajo la etiqueta del progreso o la seguridad, se ponen en riesgo cuerpos y comunidades para levantar murallas o naciones. Saltamos de chisme en chisme con el lujo a cuestas cuando nos enteramos de las fortunas invertidas en los cambios del corte y el peinado de alguna aspirante a reina. Surgen lujos que son necesidades innecesarias como los dos mil usos de las cremas reafirmantes o los seductores bálsamos de una loción para hombre. Lujosos deseos etiquetados con el código de barras de la necesidad y que, en últimas, vienen a ser los nudos de acero para la permanente insatisfacción. Casi siempre, la ostentación se incrusta en el escondite trasero del ombligo.
Y hay lujos que deberían ser un orgullo para todos y no la imposibilidad de muchos como la comida, el techo, el agua y el aire limpio. El reposo y la suavidad son otras necesidades que algunos pocos buscan y otros menos encuentran cuando dejan de ser atisbos de lo primordial para convertirse en peticiones desesperadas de un cuerpo que no responde o un alma que huye.
Pero, en el acto de andar con atención, existe un pasadizo hecho a base de decisión personal y de contento interior. Un camino de aromas exóticos que revisa los deseos obvios, que prefiere la rebeldía ante el despilfarro de los deseos sociales y que busca la mesura de ni mucho ni poco. Existe una ruta que, para seguirla, requiere de voluntad cotidiana y precisa restringir lo inútil al darle prioridad a lo esencial. Esta vía se viste de rigor, refrenamiento y reciclaje, porque austeridad o tapas en el yoga, es mantener la voluntad y la acción al servicio de restringir lo que no aporta al bienestar de otros.
Austeridad es mantenerse lejos de los celos, de la envidia, de la ambición; austeridad es espantar los dramas, apagar las luces, compartir el pan e identificar lo reutilizable. Austeridad no es una actitud de crisis ni tampoco la seriedad de la amargura y mucho menos, puede nacer del miedo o de la obsesión por el ahorro de futuro. Es más bien, el acto consciente de un aprendiz de mago que asume con coherencia el cuidado de sí, del otro y de un planeta que sabe suyo. Austeridad es agradecer la generosidad de los días, es dedicarse al oficio caminando lejos del conformismo y permitiendo que el aprecio sea el contento para un tiempo convulsionado. Desde la maestría sobre los deseos y el ayuno voluntario, austeridad es la aceptación alegre de que menos es el camino de la libertad.
