Lejos de comprobarse si fue cierta la castidad de Penélope mientras esperaba el retorno de su señor, cada zurcido en el día con el desbaratado de noche, insinuaba que esperar tiene su maña.
Saber esperar ha sido el arte de ellas cuando cuentan los movimientos de las lunas en sus recuerdos, y el de ellos cuando insisten en retiradas después de una escaramuza. Esperar es la sabiduría de quienes hacen y deshacen la majestuosidad de los sucesos; es saber permanecer con los tacones puestos y sin el vestido de noche; es aceptar que no hay que esperar a que el otro se mude ni aguardar a que las condiciones se despojen de su obsesión por la inmediatez. Cualquier espera es la paciencia del que cocina, ama o hace magia. Es el arte de hacer tiempo con el delantal puesto y reconocer que sólo los segundos sanan heridas y amasan las harinas y las mieles cuando hay que espantar la incertidumbre de un futuro. Por mucho que se espere, nada sucede dos veces de la misma manera.
Observar sin impacientarse es reconocer que el tiempo tiene su tiempo y que los sucesos maduran para sorprender con sus sabores de deseos mezclados con realidad. Un buen mentor de sí mismo, y de otros, espera agazapado hasta reconocer el momento oportuno pero, sobre todo, espera lo inesperado sin el delirio de que el camino tenga alguna solución. Desanuda pasiones y deja el frenesí de la desilusión para las puntadas con dedal o las invenciones de carpintería.
Y esperar con la conciencia de que se espera, es escoger el camino del largo aliento; es abrir la delicada brecha donde no caben la quietud ni las urgencias; es acompasarse con los ritmos más lentos, más invisibles, más propios, más internos. La espera es acción de fuego bajo, es el ‘paquipallá’ detrás de los telones, es un recorrido que puede enredar los colores de gozo y entretener los pensamientos para que el pulso no se acelere mientras se afilan las flechas, se lavan los trapos o se hace de la pausa un sentido tan propio que no dependa de otros su deleite. Esperando sin esperar nada, se desamarran los maleficios mientras se maceran los sortilegios; se siembra lo digno mientras huelen las flores; se teje lo cotidiano mientras nace el quehacer y se descubre lo inútil mientras va sucediendo lo esencial. La espera son los murmullos de los milenios para comprender que la muerte, la propia, nos acompañará en el cruzar las esquinas.