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Movimientos

Diana Castro Benetti

19 de junio de 2009 - 09:21 p. m.

Las inclinaciones son parte del agradecimiento, por eso tocar la tierra antes de salir de casa, es como acomodarse a lo más profundo de nuestras entrañas y mantener la intención ajustada al ritmo de los días y las estaciones.

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Como actos de devoción y entrega, el doblar las rodillas, el arquear la cintura, el bajar la cabeza, permiten conciliar dos mundos, ese que llevamos dentro y ese que nos seduce desde fuera. Como pequeños atisbos de conjunción entre un ritmo más propio y uno más ajeno, estos movimientos son el borrador de una danza más amplia y tan cósmica que es casi la vía más segura a la reconciliación y la serenidad.

Las inclinaciones son también actos de compromiso, porque llevan consigo la precisión del instante donde el sabor del pasado se va deslizando a un futuro que apenas se asoma. Y como tales, cada paso, cada oficio, cada tarea y palabra dicha no pueden sino ser el acto de una unión de quien se sabe humilde y parte de un algo más grande e inmenso.

Hay inclinaciones más sabias y solemnes, hay otras que deberían hacerse cuando mueren los nuestros o cuando alguien se despide y, por qué no, cuando alguien nos entorpece el camino. Algunas vienen envueltas en velos y otras son la genuflexión del domingo. Sin exclusividades, todas son nuestras y son gestos de respeto y aceptación, actos de entrega a lo inconcebible e insignificantes guiños a un cotidiano que nos abruma con sus exigencias y placeres.

Cada inclinación es un infinito de sensaciones lúdicas, amorosas y generosas y hacen de su técnica venias milenarias o el descubrimiento de un sonido que une el arriba y el abajo, la izquierda y la derecha, el norte y el sur, un costado y el otro. Comunión, yoga y aceptación, es la simpleza que se esconde cuando se abren de par en par las cortinas para inclinarse ante el sol; o se juntan las manos con las estrellas en la Luna llena; o se estiran las mantas para posar la frente sobre el piso; o se inclina el cuello para dejar que la respiración circule de pies a cabeza y después se funda con la tierra; o se recoge el corazón para despedir a los seres que se van; o se expanden los brazos para la bienvenida a los maestros que devuelven sus túnicas para ofrecer sus sabidurías interiores.

Un movimiento para abrazar la tierra, cualquiera, es el desprendimiento íntimo de lo que fuimos ayer para que pueda revivir el sonido del viento entre las rendijas del alma y para que el mar se cuele entre los dolores de los días.

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