El cuerpo tiene algunas rutas que merecen ser recorridas con delicadeza.
Unas llevan a los paraísos de las emociones y otras a los infiernitos de la conciencia y es por ahí por donde se cuelan los inexplicables vericuetos de lo que somos y se manifiestan como la realidad de un universo que se dice infinito.
Hay rutas en el cuerpo que no son sino caminos de aprendizaje, por ejemplo, cuando se empieza en el centro del ombligo y se busca el meollo de la espina dorsal para llegar al único lugar donde se aloja la certeza de la vida y la suavidad de la sobrevivencia. Hay otras rutas que al conectar el perineo con el área lumbar, incitan a la satisfacción urgida de los deseos y a la luz sutil de un placer repentino. Hay, además, rutas corporales que permiten, por ejemplo, el ascenso a los reinos del conocimiento, como cuando, desde la frente, se busca la perla azul del centro del cerebro, ese lugar brillante y lleno de información que ofrece los dones promiscuos de la intuición y la razón. El esquivo centro del cerebro es el lugar donde la visión de un paraíso no incluye ni caídas ni tropezones en pecados amorfos y milenarios.
Pero hay unas rutas conocidas que se olvidan con facilidad. Una de esas es el atajo que desde la coronilla cae por el centro de la garganta y recorre la tráquea para aterrizar en el espacio central de un órgano que puede soñar. El corazón y sus alrededores es un lugar poblado, nombrado, convocado y mencionado. Tan atiborrado como atormentado, suele ser una comarca donde las semillas, amorosas o malévolas, germinan a discreción de la voluntad de quien observa, lidia y cuida.
La ruta de la cabeza al corazón permite escoger los designios más ciertos, más amorosos, más llenos de gracia y de belleza pero también es donde crecen nichos de daño o palabras que atinan su veneno. Alojarse en el escondrijo aquél que es el corazón es escuchar con atención la única locura posible para poder vivir desde la ligereza de las memorias y para desalojar los apegos inútiles a las cadenas propias o de los otros. Cuando la cabeza se rinde ante la sabiduría de un espacio magno, cuando el corazón atiende las razones de un interés colectivo, cuando las palabras se confabulan para que el universo pueda crear, es ahí cuando el néctar dorado y rojo de la conciencia se puede hacer milagro y recorrer las grutas de los placeres máximos y las dichas de ser.