Técnicamente, un olvido no es un acontecimiento. Puede ser cualquier cosa como dejar en casa las llaves, subirse a un bus sin un peso, no comprar la miel para el desayuno, llamar unas horas después o llevar el paraguas sin traerlo de regreso.
Un olvido puede ser síntoma grave o puede ser el acto que nos trae de nuevo al presente; es a veces una burbuja en el tiempo y otras, un repentino e inesperado destello como cuando nos acordamos de aquello que habíamos olvidado. El acontecimiento es el acto de recordar.
Hay olvidos que son poco culposos, llenos de cansancios y faltas de atención, pero hay otros que se suprimen sistemáticamente de la conciencia individual y colectiva como eliminando rastros y huellas en las profundidades más oscuras. Seguramente, es el dolor lo que no queremos recordar porque, ¿quién no quisiera tener una memoria repleta de felicidades? Pero, por más que queramos esconder y no aceptar, los recuerdos llegan de nuevo como impresiones después de ciertos días. Olvidarse de los machucones, olvidarse de los horrores, olvidarse de que somos una luz para nosotros mismos, es seguir en la ruta del anquilosamiento como seres creativos de cualquier sociedad que se quiere pensar y comprender. Se vale olvidar, se vale dejar en el pasado lo que no nos pertenece, se vale decir adiós, pero resulta imperdonable hacer del olvido una práctica sistemática y un eterno presente.
Es un arte pararse entre el olvido y el recuerdo cuando se sufre, pero más maestría aún es el acto del perdón cuando, desde su orilla ética, se asume como vocación. Por eso, las sociedades, los seres y sobre todo los muertos, se encargan de aparecer y reaparecer con sus rastros para mostrarnos, una y otra vez, todo eso que nos negamos a ver. Y es una destreza recordar con olfato y ojo las huellas de lo que hemos sido, porque es volver a verlas para repararlas; es saber que hay surcos que son tan nuestros que nos confundimos con ellos y hay otros que son los vestigios dejados por los demás en nuestros cuerpos, y que está bien porque cada quien lidia con lo suyo, cada quien hace de ese racimo de huellas que lleva adentro, un nudo, un cuenco, una predicción y un camino de flores. Por eso, cuando hace unos días recorría el Museo de Antioquia, no se me olvidó despercudir mi conciencia como tampoco se me olvidó hacer una inclinación por los muertos desconocidos que, en nuestro país, aparecen, desaparecen y reaparecen.