Somos una maraña de pensamientos.
Todos los días y a toda hora invertimos tiempo en darle credibilidad a una cantidad mayúscula de ideas que corren de un lado a otro dentro de nuestra cabeza. Y desde el enredo de lo que creemos que pensamos, se van hospedando monstruos que producen insomnio, que nos impiden escuchar lo de otros, que nos hacen pesados, inflexibles y llenos de dureza. También hay pensamientos que son tan gozosos e intensos como los vientos de agosto y cargados de alegría, ligereza y conciencia. Cada pensamiento depende de la existencia del que sigue como en un gran sistema complejo que crece y a veces pasamos más tiempo pensando lo que hicimos o dejamos de hacer que disfrutando lo que estamos haciendo ahora.
Por eso, de tanto en tanto, resulta cómodo detenerse a buscar los resquicios de los pensamientos, esas pequeñas aberturas que se presentan entre idea e idea. Brechas que, por imperceptibles, dejamos de sentirlas y las minimizamos para darles escena a ideas e imágenes de siempre, conocidas y comunes: pensamos en cuestiones de oficinas, de amores, de futuros y pasados, de eventos de dolor o rabia, cercanos y lejanos y que son del tipo “cómo vamos a salir de ésta” o “por qué me diría lo que me dijo” o “cuándo se me pasará” o “para qué ando donde estoy”. Una y otra vez, pensamientos que no cesan y que aunque parezcan diversos son el mismo o aunque parezcan uno solo pueden ser variados. Caminan, corren, surgen y desaparecen de manera veloz. Actividad mental, infatigable, necesaria, repetitiva, que da origen al cansancio y sofoca el dinamismo o que involucra, incluye, crea, une y reconcilia.
Desde cualquier práctica de aceptación y crecimiento personal, resulta central poder darse cuenta de los huecos que se nos presentan entre pensamiento y pensamiento. Resquicios que propician los mejores momentos de descanso y creatividad, espacios de no pensamiento y de vacío nos desconectan de aquello que diremos mañana o de lo que cualquiera pueda pensar sobre mí. Cortas rendijas al día que permiten darle sentido a la presencia y que para pescarlas sólo hay que sentarse, mantener la espalda recta, ser conscientes de la respiración y dejar partir la sensación de que somos o queremos ser importantes. Un lugar sin expectativa, sin tiempo, sin futuro ni pasado; lugares de nada donde podemos ser la libertad con cometas de inmortalidad.