Saber en qué momento la aceptación se convierte en conformismo es tarea de magos.
Por eso, buena parte de la literatura y de las prácticas de autoconocimiento insisten en la importancia de reconocer la vida tal cual es. Pero realizar la distinción entre lo uno y lo otro es tan difícil como escalar el monte Everest en reversa. Cada cual está lleno de deseos, unos grandes y superfluos; otros sencillos e inútiles. Aspiraciones, ilusiones y miles de ideas futuras que aparecen para rondar los espacios íntimos sobre lo que deberíamos ser y avanzar. ¿Hacia dónde? Nadie sabe, pero la voluntad se moviliza con el sentido de un norte que nos impulsa a llegar a viejos, defender la casa, la comida diaria y una familia feliz alrededor del fuego.
La aceptación es una exploración interesante. Transita por la vía de reconocer que lo que tenemos es suficiente y que lo que somos está bien. Eso es lo que hay. No hay más. A la vez, da indicios de comprender que lo que los otros hacen o son, es también lo que ellos pueden ofrecer y ser. Eso es lo que hay. Ese es el contexto. Nadie puede ser salvador del otro y mucho menos exigir su cambio aunque, al parecer, sí estamos preparados para reconocer y crear condiciones conjuntas para un aprendizaje de doble vía. El nexo entre el dejar así porque la pereza nos corroe y la voluntad de una transformación que propicie lo sublime, sigue siendo un escalón resbaladizo que tiene muchas trampas donde no hay indicaciones para su aplicación.
Por eso, tal vez, aceptar sea sólo escuchar sin enjuiciar, comprender lo que hay, lo que se intercambia, lo que se propone. Aceptar puede ser mantener la calma en la hora justa o amarga de las exigencias. Aceptarse puede ser mantener en el foco de luz nuestras oscuridades. Aceptarse puede ser tomar nota de edad, ojos, nariz y amores para comprender que no somos más de lo que tenemos ahora.
Si una pizca de sabiduría surge se logra reconocer que se tiene lo que se debe y se hace lo que se puede. Y así, a veces, se abren ventanas de simpleza, tan inauditas y ciertas, que las envidias, la añoranza de lo ajeno, la ilusión de un reconocimiento futuro, el aplauso de las multitudes o cualquier venta de un mañana mejor, no puede hacer mella en el estado de bienestar interno. Pareciera que para aceptar hay que volver. Volver para estar aquí y ahora. Tal cual.