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Diluir los límites de los sentidos desde el propio cuerpo como si no existiera el espacio, es asunto de valentía y dedicación cotidiana.
Es uno de esos poderíos que son fascinación de muchos y que superan las ligerezas de los teatros de variedades. Habilidades síquicas que se cultivan desde la lentitud de una respiración y la quietud de una mente serena porque, la mínima observación de sí, abre las puertas de la intuición y de otras fuentes de conocimiento. En sánscrito es sidhhi, maestrías de la perfección.
Pero, hay poderes de poderes. Los hay terrenales, obvios, fútiles, pobres o mezquinos y los hay invisibles, inoficiosos, desinteresados y amorosos. Existe tal variedad como si cada pequeño o gran poder trajera lo suyo: la preocupación por el grosor de las cuatro ruedas o los ingredientes del perfume, los saldos en las cuentas bancarias o la ambición por las metas y la competencia por las miradas en cocteles y talleres de superación. Algunos poderes menos evidentes y más silenciosos basan la comprensión de su propia experiencia en la exploración de una fuerza interna y centrípeta que explora límites emocionales, mentales y síquicos. De abajo hacia arriba, cada siddhi pasa por el calor, contextura y esplendor de un cuerpo.
Y gran poder es hacer del servicio una ruta donde no se vive de alianzas con los elogios y no hay lugar para quejas sobre la escasez en tiempos, pesos o recursos. Las acciones de servicio se esconden detrás de los más inauditos rincones como cuando se abren las puertas de un colegio o se lustran zapatos durante el bullicio de una esquina o como cuando los privilegiados hacen de su generosidad la gestión de futuros. Y es que el servicio tiene poco que ver con mantener al cliente satisfecho o con el correr detrás de las urgencias de los más fuertes y, mucho menos, con el dar limosna o deshacerse de los trapos viejos en momentos de renovación.
Servicio es doblegar el rojo del labial al itinerario de una vida que sólo puede tener arraigo con los otros y para los otros. Es darle permiso a la conciencia para que explore los límites de los deseos propios. Aclarar los grises de las intenciones, practicar más que predicar, cumplir lo prometido, escuchar más que hablar, observarse en gozo y desdicha, es una parte de la travesía. La otra y que está lejos de ser fácil, es servir a otros sin ser servil y dar sin prejuicios de túnicas, posesiones o estatus. El servicio es, sin duda, el momento más noble de un acto de poder como cuando, desde el silencio y anunciando los frutos de las delicias, florece un árbol de cerezas.
