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Entre el cuello y la cima de la cabeza, viven los sentidos. Ojos, oídos, nariz y boca, que le dan a las horas de la realidad, el honor de ser una tormentosa delicia. Vías hacia precipicios de pánico o hacia ligerezas en las palabras de amor que obligan a deambular por sabores donde es la mezcla de la miel y de las almendras la que resulta el perfecto atajo hacia la piel de otro.
Abrir los sentidos es asunto de automatismos en las mañanas, de células inquietas durante el día y de gozos cuando transitamos por los afectos. Someterse a los sentidos es la evidencia de que vamos y venimos doblegados a las adicciones, a las carencias y a la parcialidad que suelen ofrecernos. Pero cerrarlos a voluntad es otro el camino. Uno que pide dosis de austeridad y algo de regocijo en el no necesitar. Apaciguar los sentidos requiere algo más que simple quietud, porque sugiere ir diluyendo la importancia personal para darle paso al rumor del silencio e intuir cómo es que se funde la luna con el sol o cómo es la guarida donde no reside el tiempo.
Detrás de las cejas florecen dos pétalos de una flor de loto blanca brillante como la luz más resplandeciente. Si se mira desde afuera hacia adentro, se abre una puerta hacia lo otro y se percibe lo eterno porque es ahí donde no hay lugares, no hay prisas ni afanes; donde todo sabe a perfección, las dudas desaparecen, las certezas son ellas y, también, donde las uniones tienen la plenitud de los dioses. Anclar detrás de la frente en las cercanías de la glándula pineal, es saber que el cuerpo es una excusa y que todo es pasajero; que nada permanece y que la realidad que existe más allá de lo que vemos sigue siendo real. Desde la frente en dirección hacia la mitad del cerebro, se comprende lo incomprensible y se conoce lo desconocido.
En el recorrido yóguico de la columna vertebral, el sexto centro sólo puede ser visto cuando desaparecen los pensamientos que hablan de obsesiones y obstáculos, que indican metas y deberes o que defienden derechos y lujos. Por encima de la onda del más leve pensamiento, bien patas arriba y respirando con la más sutil delicadeza, se devela un mundo sin límites que, tal vez, pueda llegar a ser narrado como Ajna: la inmensidad de un océano de paz infinita donde los milagros son un juego de niños.
