Observar el mundo de la naturaleza ofrece su embriaguez.
El acceso inmediato a lo magnífico es ver el vuelo de un pequeño pájaro; es permanecer quieto mientras amanece; es dejar que llegue la luz de cualquier luna; es escuchar los atajos de un río y verlo correr; es conocer el hábitat de un pez o saber que aquel árbol es feliz y viejo y muy sabio; es sentir el pico de una montaña y acoger la serenidad de sus lagunas o nevados, como también es saberse sencillo y contento de poder caminar despierto ante lo grandioso.
Pero comprender las visiones de nuestros pares es un poco más complejo. La serenidad que se requiere suele no ser un don de nacimiento y exige actos de valentía interior el aceptar que todos aquellos que son otros, poseen el amoroso derecho de expresar sus visiones diferentes, sus opiniones diversas, sus refranes variados, sus colores propios. Parece obvio, pero sólo al entrenarnos en la atención cotidiana de observar al otro desaloja el acto de orgullo que puede ser el imponer la visión única. El reconocer la multiplicidad aligera el itinerario con otros y abre paso a la liviandad de no saberse solo.
Y es aún más exigente la tecnología de escudriñar con desprendimiento la propia visión. La justicia en la mirada requiere de mucha honestidad y poco juicio. Adoptar como única y cierta nuestra forma de ver y de vernos, es la vía perfecta para rodar al precipicio de las vanidades. Como un salto cuántico, nace la sabiduría cuando se levantan los pies hacia el cielo y se mantiene por segundos una posición sencilla que cambie el orden de la gravedad y que nos permita respirar sin agitación. Tendidos en el suelo y apoyando las manos sobre la parte baja de la espalda, levantar las piernas hacia arriba nos entrena para ver que el mundo, y nosotros en él, puede ser el revés y al revés. Como aquella figurilla del arcano XII en cualquier tarot: un mínimo adiestramiento para recibir la sabiduría de quien quiere tener los pies en la cabeza.
A veces, hasta puede afirmarse que si hay ánimo para experimentar el circuito ágil y dinámico que se crea entre la justa observación propia, la observación de la visión de otros y la aceptación de lo otro como diferente y diverso, es porque se anda por la senda de un éxtasis de vida. Es un recorrido móvil, a veces interior, a veces exterior, a veces arriba, a veces abajo, a veces mezclado, a veces diferenciado, a veces incomprensible, pero siempre exigente de prácticas cotidianas, disciplinadas y efectivas. Este circuito de meditación activa y en la acción, es el ingrediente indispensable para entregarse al instante. Sólo así todas las búsquedas cesan. Sólo así puede el éxtasis surgir.