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La igualdad social como transformación cultural

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Dolly Montoya Castaño
28 de enero de 2023 - 05:01 a. m.
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En algún momento de los años recientes, muchos llegamos a albergar la esperanza de que nuestra forma de vivir en el mundo cambiaría ostensiblemente. El golpe seco de la pandemia, del encierro y los millones de muertos por esta enfermedad, nos obligaron a pensar en cómo estábamos habitando el planeta y en cómo nos estábamos relacionando entre nosotros y con los demás seres de esta, nuestra casa común. Sin embargo, hoy vivimos una época convulsionada de individualismo exacerbado que busca satisfacer únicamente nuestros intereses de comodidad y la facilidad de obtener objetos de consumo que representan un estatus social innecesario. Después de la pandemia, nuestra civilización retomó su camino de excesos y acumulación desmedida. Esta forma de habitar el mundo, además de llevarnos hacia la depredación de la naturaleza, nos envuelve en el desencuentro, la desolación, la soledad y las guerras.

Desde las universidades, siempre hemos sabido que el diálogo, la palabra, el encuentro discursivo (nunca el irrespeto o las armas), son las herramientas fundamentales para superar nuestras diferencias, construir consensos y alcanzar acuerdos en comunidad. Al final del día, la tarea no es otra que reconocernos como iguales a partir del respeto a nuestra dignidad humana. Este reconocimiento se construye en la convivencia diaria, en el encuentro con los demás, en la manera como valoramos las diferencias que nos enriquecen y nos permiten crecer como personas en sociedad.

La idea de que, para vivir mejor, felices y plenos, nos necesitamos los unos a los otros, no es una concepción meramente espiritual o cultural. Si no bastaran las conclusiones de las ciencias sociales, que han puesto en evidencia nuestra naturaleza comunitaria, esta condición también ha sido validada desde la biología y las neurociencias. El neurocientífico de la Universidad de Stanford, David Eagleman, a través de múltiples experimentos, ha demostrado que nuestros circuitos cerebrales están diseñados para que interactuemos permanentemente con los demás. Pues es en esa interacción que generamos enriquecedores aprendizajes. Gracias a dicha relación nuestro cerebro se robustece y las neuronas generan nuevas conexiones. Según el científico, desde el punto de vista del desarrollo cerebral, somos una especie fundamentalmente social.

Evidentemente, al ser excepcionalmente sociales, nos vemos enfrentados a desafíos relacionados con la convivencia. Pero también es cierto que, gracias a esa proximidad que tanto necesitamos, poseemos un lenguaje y experimentamos felicidad, alegría, gratitud, satisfacción, crecimiento y, por supuesto, dignidad humana.

En este permanente y necesario encuentro con los otros debemos enmarcar también, a mi modo de ver, las luchas feministas por la igualdad de género.

Durante milenios la sociedad ha venido siendo regulada por un pensamiento masculino, negando el papel activo de nosotras las mujeres en la civilización. En distintos momentos de la historia las mujeres levantamos la voz para buscar el reconocimiento de nuestros derechos, intereses y capacidades. Como movimiento social, primero se expresaron estas exigencias en medio de la Revolución Francesa, en donde las mujeres, impulsadas por la Ilustración, buscaron igualdad de derechos civiles. Olympe de Gouges (1748-1793), escritora y pensadora francesa, redactó en 1791 (en pleno movimiento revolucionario), la Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadanía. Una reacción a la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de 1789, que excluía a las mujeres en el ámbito de los derechos civiles. Lamentablemente Olympe murió guillotinada por haber defendido un Estado federado en Francia.

Durante el siglo XIX e inicios del XX se organizaron múltiples movimientos feministas en distintos lugares del mundo. En general, todos ellos perseguían el reconocimiento de la igualdad dentro del matrimonio y algunos derechos políticos como el del sufragio. En este sentido, mujeres como Emmeline Pankhurst (1858-1928), fueron voces importantes en el Movimiento de las Sufragistas en Inglaterra.

A partir de la década de los 60, el feminismo ha venido ampliando sus objetivos en la reivindicación de la igualdad, mediante la revisión del papel de la mujer en la familia, la sexualidad, la reproducción o el trabajo fuera del hogar. Hoy por hoy, el feminismo se ha convertido en múltiples y diversos feminismos con reivindicaciones de todo tipo, en donde se representa lo femenino a partir de distintas aproximaciones culturales, sociológicas y biológicas. Para la mayoría de movimientos no existe un solo modelo de mujer y se reconceptualiza permanentemente el género y su influencia cultural en la vida de las personas.

Pese a todo lo positivo que nos han traído las perspectivas contemporáneas del feminismo –una nueva forma de concebir el papel de la mujer y el hombre en sociedad–, la tarea por la construcción de una sociedad igualitaria sigue vigente. Los hombres deben reconocer que las auténticas transformaciones sociales requieren de una participación activa, en espacios propios, donde la autonomía y la autocrítica se constituya en herramienta pedagógica para acompañar la lucha feminista por la transformación cultural de nuestra sociedad.

Creo que la universidad debe ser un espacio en donde la ilustración, la reflexión y el diálogo sean instrumentos para construir una comunidad de concordia, plena de alegría y amistad. Desde la universidad debemos buscar siempre, con los instrumentos del saber, el reconocimiento de la igualdad de hombres y mujeres en su propia dignidad como seres humanos que codependen en sociedad.

Luchar por los derechos de las mujeres es, al mismo tiempo, reivindicar la igualdad y el mutuo reconocimiento de nuestras diferencias, capacidades e intereses, para aportar a la sociedad. En este sentido, la igualdad y la equidad no buscan que hombres y mujeres sean idénticos y homogéneos, buscan, más bien, que se reconozcan sus derechos, oportunidades y responsabilidades.

Como mujeres y hombres que conformamos esta sociedad, debemos empeñarnos en el reconocimiento de la igualdad de todos. Somos individuos espirituales, emocionales y racionales que buscamos ser felices. Y, como sabemos, la felicidad será siempre una propiedad de nuestras vidas compartidas con los demás. Dependemos unos de otros para ser felices, para construir una sociedad humana sobre el reconocimiento de los derechos de todos y el gran valor de mujeres y hombres que desde su propia dignidad cuidan, crean, exploran y crecen.

Será importante que la academia, y en especial las ciencias sociales, trabajen para que nos reconozcamos como integrantes de una sociedad bajo el principio de la igualdad. Debemos motivar a hombres y mujeres para realizar los cambios sociales necesarios y urgentes que confluyan en el reconocimiento de los derechos y oportunidades de las mujeres alrededor del planeta, en cada cultura y en cada comunidad. Un cambio social no se produce porque tengamos más y mejores normas. Un cambio social, como el que buscamos las mujeres desde hace tanto, se producirá gracias a un cambio de conciencia de hombres y mujeres a la vez. El primer cambio de conciencia que debemos generar todos es el de aceptarnos y reconocernos como parte de una sociedad igualitaria.

Desde la universidad debemos generar condiciones estructurales, a través de la educación y la formulación de propuestas de política pública, para que nosotras tengamos más oportunidades, y con ello más autonomía, en todos los aspectos de nuestras vidas. También es indispensable que se generen ambientes de posibilidad para la acción y participación de las mujeres como colectivo, porque, en cualquier caso, las transformaciones culturales son permanentes.

Así, la misión de la universidad es la de construir nuevas visiones de concordia y fraternidad que reconozcan la igualdad entre hombres y mujeres. No hay nada tan explícito hacia este objetivo como la visión propuesta por la ONU en el Artículo primero de la Declaración Universal de los Derechos Humanos: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.”

* Rectora, Universidad Nacional de Colombia.

@DollyMontoyaUN

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