Imaginemos por un momento esta escena: un bus de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), lleno de profesores y estudiantes universitarios, llega en una lluviosa mañana a una escuela rural, de la que salen en carrerilla al recibimiento una multitud de niños y niñas, acompañados de sus profesores.
En las siguientes horas, y a lo largo de varios meses, se sucederán los encuentros, algunas veces en el campus universitario, porque en esas ocasiones será la escuela la que vaya a la Universidad, estos niños y niñas retarán a los académicos a comunicar sus ideas y conocimientos de manera más accesible y comprensible, con preguntas sinceras y directas sobre cómo mejorar la comunidad, la escuela y el territorio.
En retribución, quienes llegaron en ese bus brindarán a sus inquietos y curiosos anfitriones métodos y perspectivas para que puedan ampliar su comprensión del mundo y transformarlo, los apoyarán en desarrollar nuevas habilidades cognitivas para la vida y los estimularán a conocer más acerca de la Universidad y su comunidad. Con cada reencuentro en la escuela o en el campus, ambas partes trabajarán en proyectos académicos conjuntos, como huertas para abordar la soberanía alimentaria, manejo y cuidado ambiental de los ecosistemas, robótica y maquetas de mejoras locativas para su institución, cultura y tejido social, cuando se requiera (re)construir comunidad, en fin, asuntos que se tratarán en un diálogo de saberes en el que todos aprenderán, que acercará a los interlocutores y que contribuirá a la construcción de ciudadanía en un espacio de pensamiento crítico y creativo.
Estas escenas describen una de las múltiples y diversas modalidades de trabajo que se desarrollan desde la UNAL con niños, niñas y adolescentes en sus ambientes de formación en la educación básica y media y en los predios de la Universidad. De las semillas de la armonización de las funciones misionales para la formación integral han germinado estas experiencias maravillosas de construcción de puentes entre la Universidad y los colegios, muchos de ellos en la ruralidad, en zonas de conflicto y en territorios urbanos marginales. Esta es la labor trascendental de iniciativas en todas las sedes y a lo largo del territorio nacional como Laboratorios al Parque de la Sede Manizales, las Escuelas Agrobiológicas en la Sede Palmira, el Colegio a la U en la Sede Tumaco, el programa ONDAS desarrollado con Minciencias por la Sede Caribe, las Aulas Vivas en la Sede Orinoquía o el Mariposario en la Sede Medellín.
Todas tienen en común el liderazgo colectivo y transformador de sus integrantes para facilitar los sueños de los niños y niñas, de la mano de aliados estratégicos y de las comunidades; una experiencia extraordinaria de transformación de los horizontes de la vida y de ampliación de la sensibilidad que sale del campus hacia el territorio y regresa al campus; unas formas develadoras de trabajo colaborativo, de innovación pedagógica y de diálogo interdisciplinar para ofrecer acompañamientos integrales a los pequeños, a sus formadores y a sus padres; una apuesta gigante por esas generaciones futuras en un contexto desafiante generado por el conflicto armado, la pobreza, la delincuencia, la falta de oportunidades y el marginamiento institucional.
La importancia del ciclo virtuoso de estas experiencias en la formulación de estrategias más efectivas y sostenibles de paz y en la construcción de nación desde los territorios es evidente. A través de los niños se avanza en la transformación de la escuela y la comunidad. No se trata de separar a los niños de sus ambientes, sino de darles la oportunidad de un diálogo que abre sus perspectivas de servir precisamente de agentes de cambio en su contexto en el largo plazo.
Dialogar con un niño o una niña de las comunidades más vulnerables, en los territorios más apartados, puede significar abrir un camino de oportunidades para algunos que luego, como adultos, contribuirán al desarrollo de su propio contexto regional. Se trata de arrebatárselos a la guerra, no al territorio y a sus comunidades. Cuántos relatos conmovedores ya aparecen acerca de niños y niñas que conocieron la U en su escuela y/o colegio, que comenzaron años después a recorrer los campus de esta Universidad en calidad de jóvenes estudiantes del Programa Especial de Admisión y Movilidad Académica (PEAMA), para luego regresar a su tierra como egresados.
La historia de vida de esos jóvenes es la historia de vida del desarrollo en los territorios. A través de la gestión del conocimiento que hacen nuestras comunidades universitarias podemos construir las grandes transformaciones sociales. Muchos de esos niños y niñas que hoy se ven impactados por esos programas UNAL ya están cultivando nuevos saberes, actitudes ciudadanas y aptitudes cognitivas que desde ya les permiten cambiar la mirada sobre sí mismos y sobre el mundo y que, tal vez, les permitirán acceder a la Universidad para continuar su proceso de formación, individual y colectivo, a lo largo de la vida.
* Rectora, Universidad Nacional de Colombia.