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Por favor... ¡alégrense!... con la paz

Don Popo

07 de febrero de 2017 - 09:00 p. m.

He visto a Sergio Jaramillo, alto comisionado para la Paz, las últimas dos semanas, suplicando a los colombianos ponernos felices con la llegada de las Farc a las zonas veredales ¡Quiéranme al chinito, por favor...! Pero nada.

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Un hecho tan trascendental para el país, símbolo del fin de la guerra, del conflicto, la barbarie, el odio, el miedo, el dolor, la incertidumbre, el desasosiego, los helicópteros, ráfagas, minas quiebrapatas, bombas, secuestros, extorsiones, violaciones… ¿no nos emociona?

No nos entusiasma ver a guerrilleros, después de medio siglo de enfrentamientos, marchar sumisos en fila como borregos al matadero, alegres, sonrientes, con apretones de manos a sus “enemigos” eternos, entregándose a unas zonas (que se ven más vulgares que los campos de concentración nazi); un logro que por fin llega después de cuatro periodos presidenciales intentándolo; ¿y no nos produce euforia, ganas de marchar con banderas blancas, rating en los medios masivos, trending topic en las redes sociales, saturación en las cadenas de Whatsapp?... ¿Nada?

¿Tanta frialdad por qué? Escuché a Jaramillo en la radio rogándonos mostrar más felicidad. Y el periodista distrayéndolo: “¿Qué le parece lo de Odebrecht?, ¿y Trump y el muro?, ¿y el nuevo Código de Policía? Espere… ¡está temblando!”. Y Sergio insistía, emocionado: “Entusiasmémonos con la paz”. Por la apatía, Presidencia tuvo que hacer un live streaming por Facebook, y Sergio nuevamente: “¡Hombre... permitan que los colombianos se alegren con lo que está pasando!”.

La paz, lo que fue un proceso comunitario, una lucha social, una necesidad, un anhelo del pueblo, la captaron y convirtieron en una estrategia propagandística de campaña electoral y de gobierno. Santos la convirtió en su avatar, un concepto asociado a su nombre, instrumentalizó el sentir del pueblo para capitalizarse políticamente, para garantizar una reelección (su primer período lo ganó con capital político de Uribe) y garantizarse estar en la cabeza del poder, en cuerpo ajeno, en los períodos venideros; y egocéntrico plasmar su nombre en la historia como el presidente de la paz… (¡semejante demonio!).

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Pero el pueblo, que no es bobo, no lo sabe pero lo siente. Y los contrincantes políticos, que son demasiado astutos, también.

Y es por eso que en el alba de las elecciones presidenciales 2018, han iniciado la guerra sucia típica de las campañas electorales, para menguar su capital político, para deslegitimarlo, sabotear su estrategia. Lo normal. Lo grave es que el balón que están pateando es nuestra paz...

Y es así como sus contrincantes, los que se rehúsan a jubilarse del poder, y los reincidentes aspirantes a él, sus empresas financiadoras y sus medios de comunicación aliados, hacen todo para invisibilizar el éxito que está teniendo el proceso de paz. Y ¡pagan justos por politiqueros!

Y más a sabiendas del nuevo aspirante al poder, que si logran sobrevivir a los 180 días de zonas veredales, sin agua, luz, viviendas dignas, sin quehacer (a propósito, ¿Timochenko y Márquez también se irán a vivir a este peladero?), y no desertan por la oferta laboral que están teniendo de las bandas en Brasil y México, tendrán nada menos que 25.000 voticos para apostar en el juego. (Por eso el aumento de grupos armados de ultraderecha en sus alrededores).

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Sergio, compa, deja de llorar, que de aquí pa’rriba toda la implementación de los acuerdos será carne putrefacta para los chulos de las campañas electorales contrarias. Esta paz politizada ya no es nuestra. ¡El Premio Nobel nos robó la paz!...
Igual… ¡Ánimo!

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