Sin lugar a dudas el agua es el elemento más importante de la cocina universal. Sobran los comentarios sobre su capacidad transformadora en calidad de base esencial para más de una resultante culinaria. Paradójicamente, para muchos el agua no tiene sabor; hay quienes ni la toman.
Sin embargo, nada más variado que el sabor de este elemento, sabor que depende no sólo de su origen y tratamiento, sino también del recipiente que la contenga y de las circunstancias en que se tome.
No es lo mismo un sorbo de agua en vaso plástico durante una conferencia, que el sorbo de agua en copa de plata después de bien comer. Sorpresa paliativa es el agua que tomamos en el arroyo, durante una poco habitual caminada dominical. Qué decir de la totuma con agua que sale de la fresca tinaja, ofrecida amablemente en la tierra de las aguas gordas. Mención especial merece el agua que en jarra de cristal se guarda en la nevera, para asegurarnos el mejor pasante después de una atravesada y traviesa cucharada de arequipe o de cualquier otra colación de hostigamiento similar.
Existen vasos de agua cuya presencia, o mejor aún, cuya ausencia genera una añoranza especial: el de la entrevista para conseguir trabajo, el de la mesa de noche en casa ajena, el del exceso de picante en un bocado inesperado, el de la borona de pan tostado desviada por el “camino viejo”, y finalmente no debemos olvidar el vaso de agua del sábado en la mañana, después de un viernes cultural.
Hasta hace pocos años, para un colombiano común tener que pagar por un vaso de agua cuando se encontraba en otras latitudes era algo absolutamente risible. Hoy en Colombia la comercialización del agua se ha vuelto epidemia y se paga caro por un vaso de agua... con sabor de agua. No es necesario ser profeta para predecir que en menos de dos lustros este manjar transparente se transformará en moneda contante y sonante, y quien más pueda conservarla y guardarla, más rico será.